Aunque duela: Pensiones dignas ahora


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Desde el punto de vista social, ¿Cuál es el sentido de una Democracia? Desde el punto de vista de una política democrática, ¿Es posible, por décadas, argumentar que en el país no hay condiciones para un acuerdo nacional que permita arribar (en tiempo y espacio) a una real solución a una cuestión que ya afecta a tres generaciones? Desde el punto de vista económico, ¿Es Chile un país que simplemente no está en condiciones de resolver cuestiones de pervivencia de una parte significativa de su población más expuesta a la miseria?

Para el final de este “interrogatorio”, el mentado argumento ético, que sin embargo demasiadas veces no alcanza un correlato en la realidad: Éticamente, ¿una sociedad, un sistema, que es incapaz de enfrentar y resolver mínimamente un problema social de magnitudes, puede considerarse “eficaz”, “democrático”, “justo y equitativo”?

Sacando del escenario los recurrentes, y por momentos prepotentes “tecnicismos” y “expertismos”, esta es la realidad de la crisis que tiene Chile cuando nos referimos a las pensiones… y al sistema previsional realmente existente. De acuerdo a todos los diagnósticos que parten de considerar a las personas de tercera edad como sujetos sociales humanos, en Chile la pensión mínima para la pervivencia de esas personas debería ser de entre 400 a 450 mil pesos mensuales. Hablamos de un mínimo, y no de una exageración. La propuesta del actual gobierno no se aproxima a eso. Peor aún, considera que la reforma, por debajo de los mínimos de la pervivencia, podría tener un efecto a bastante largo plazo… hablamos de décadas.

Si se mira hacia el pasado reciente, a los gobiernos anteriores, tampoco se puede considerar que, desde los poderes del estado, se han generado propuestas que lleguen a considerar un camino hacia una solución estable en el tiempo, y justa en sus contenidos. Más allá de las percepciones de quienes han sido consultados respecto del sistema de pensiones actual, lo claro es que, como en otros asuntos fundamentales de la sociedad chilena, quien más han empujado hacia una reforma de piso mínimo ha sido la ciudadanía:  el movimiento NO MÁS AFP y la CUT. No es cierto que no hay propuestas desde este campo popular.

Lo cierto es que estas propuestas cuestionan la arquitectura del sistema de previsión actual, y consideran no ético y no democrático seguir con una lógica de acumulación de ganancias que las grandes empresas económico-financieras insisten en mantener, bajo el chantaje de que un cambio cualitativo al sistema de negocio significaría una especie de desastre económico y social. Por otra parte, una reforma social que de verdad supere la crisis de pervivencia actual, necesariamente implica el fortalecimiento del Estado en asuntos cruciales, esencialmente el factor de ingresos y de redistribución. Por eso, el “debate” respecto de la reforma de pensiones, necesariamente conlleva hacia una reforma tributaria, efectivamente redistributiva, que no regale, como la que está proponiendo el Ejecutivo, miles de millones de pesos a las grandes empresas, una vez más.

El entrecruzamiento de estos factores nos lleva, también necesariamente, a un asunto político-democrático de fondo: ¿Están dispuestas las grandes empresas controladoras de este inmenso negocio y de altísima renta a involucrarse en un acuerdo nacional de esta dimensión social? Hasta ahora, por la vía de lo que han explicitado en sus acciones y planes, la respuesta es NO.

Los tiempos sociales, en una sociedad realmente democrática, deben de buena manera incidir en los tiempos políticos, y por cierto también en los económicos. De acuerdo al andamiaje de la sociedad chilena, múltiples actores deberían converger hacia un camino común. Pero el asunto es partir desde lo más urgente y lo más importante: El que las pensiones sean dignas; mínimas; de pervivencia sustentable para quienes las reciban.

Un estado que no es capaz de lo anterior, y finalmente termina culpando a las personas de sus bajas pensiones, tarde o temprano, será cuestionado en todo su andamiaje institucional. Una de las significativas razones que explica porque en Chile mucha gente no participa de la vida social y política, es por esto. Aunque un rasgo pasivo, para una democracia auténtica no es bueno transformar en tendencia esa actitud de no participación. Es la ética social la que interpela a enfrentar y resolver esta aguda crisis siempre latente, y que por momentos se manifiesta en marchas, protestas, indignación legítima.

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Juan Andrés Lagos

Periodista. Encargado de relaciones políticas del Partido Comunista.

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