La lección de Ana


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Asistí a los funerales de Ana González el último fin de semana de octubre de 2018, primero a su casa el sábado y el domingo al cementerio en Recoleta, donde había miles de personas. Como muchos, busqué algo rojo para ponerme y rendirle honores. Frente a nosotros, pasaban y pasaban las coronas de flores, claveles y pañuelos rojos.

Había un clima de sencillez y admiración, tanto en el cementerio como en los mensajes en redes sociales. Circulaban sus fotos mostrando como pasaban los años y ella no paraba nunca de buscar, se mostraron las manifestaciones de apoyo, el mural pintado en su honor en un céntrico barrio de Santiago, y todos hacían referencia a su historia y la deuda de justicia con ella y muchas otras familias que sufrieron de la desaparición de uno de los suyos en manos de agentes del estado.

Una amiga me envía un mensaje: “mira Facebook la Lore está transmitiendo en vivo, muy emocionante”. La Lore es una las nietas de Ana, una nieta no sanguínea, una nieta por voluntad, por cariño y de vida. En su relato -entre cortado y emocionado- iba describiendo lo que sorpresivamente pasaba en las calles al pasar Ana dentro de su ataúd: la gente la despedía desde las veredas, en sus autos, e incluso un chofer del Transantiago paró el bus, se bajó y se despidió.

Los medios escritos, atentos a su línea editorial, le dieron cobertura con distintos matices. En la radio los panelistas hacían referencia a ella, lo mismo los conductores de las noticias.

¿Por qué Ana, una mujer sencilla y lejana a las esferas del poder, puede provocar esto? ¿Cómo alguien tan humilde, cariñoso, sin ostentar cargo alguno, convoca a tanta gente y tan diversa?, ¿A cuántos líderes de nuestro país les gustaría tener un décimo del respeto que ella tenía?, ¿Qué hizo ella para tener este reconocimiento?.

Ana González fue una dueña de casa de 93 años, que pasó 42 de ellos buscando a su familia y a otros miles que no conoció. Una mujer generosa que le arrebataron a gran parte de su familia sanguínea y que terminó sus días con miles de chilenos y chilenas siendo parte de su familia; una mujer que a pesar de que existía una red nacional e internacional dispuesta a compensarla con regalías para subsanar los hechos acometidos por agentes del Estado, nunca usufructuó de ellos. Ana siguió viviendo en la misma casa de donde vio salir a su marido por ultima vez para buscar información sobre sus hijos; una mujer que no transformó su dolor en venganza; una mujer que nunca dejó de sonreír, una mujer que no dejó de ser la misma a pesar de todo. Una mujer que no dio boletas ideológicamente falsas, que las veces que habló con los medios de comunicación su mensaje siempre fue el mismo, pedía saber donde estaban sus familiares, quería un lugar donde sepultar sus restos y “poder llorar a mares”.

La lección de Ana para todos nosotros quedó muy bien reflejada en la carta abierta dirigida a Juan Emilio Cheyre, enero de 2004: le pide que el ejército dijera la verdad respecto de los detenidos desaparecidos, mostrándole al general que ese solo hecho podía engrandecer al ejército, que sería el punto de inflexión para reparar la cobardía mostrada durante la dictadura. Nuevamente la respuesta fue el silencio. ¡Qué arrepentidos deben estar!. Con su muerte no es solo la justicia la que perdió la oportunidad de reivindicarse sino que las FF.AA. también. Se equivocan quienes creen que con la partida de Ana González su causa queda en el pasado, que la verdad es preocupación solo de familiares directos de detenidos desaparecidos; ese domingo de octubre habíamos muchos que seguiremos buscando justicia y no nos conformaremos con excusas y arreglos oficiales. Aún es tiempo para las FF.AA. de cambiar el camino trazado por el silencio que lleva a la cobardía, atropellos y fraudes, por el camino de la verdad y justicia, que lleva al honor y reconocimiento.

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Alejandra Vásquez

Magíster en Gobierno y Sociedad. Universidad Alberto Hurtado.

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