A la política le falta memoria y esperanza




Mario Benedetti en su libro Memoria y Esperanza, Un mensaje a los jóvenes. Señalaba:

“Cada generación tiene sus jóvenes, y, en el mejor de los casos, son precisamente los jóvenes los que le dan color y la definen. Si en cambio son demasiado dóciles y aquiescentes, su talante se va oscureciendo, va perdiendo enjundia. Es bueno que el joven tenga algo de aguafiestas, que incomode al poder y al poderoso, que denuncie su vulnerabilidad y su injusticia. Lo malo es que a veces, cuando pasan los años, los hombres y mujeres van mellando sus dardos juveniles y lentamente se convierten en aliados del poder…. Lo que se aprende en la juventud debería constituir un soplo vital capaz de acompañarlos hasta el fin de los días”.

 A partir de este texto cabe  preguntarnos sí, parte de la crisis de la política, su falta de representación y de respuesta a los nuevos paradigmas sociales ¿podría ser producto del envejecimiento de la política?, envejecimiento que no es etario, sino más bien, que está observado desde la perspectiva de la capacidad que tienen, tanto las personas, como la naturaleza en general, de ser vivaces, agudas, incansables y altruistas cuando están en sus etapas iniciales de  desarrollo y más bien pausados, comprensivos, adversos al cambio, moderados y conformistas cuando están en las postrimerías de la vida.

Si algo de esto hay Benedetti también nos dice: “El tiempo desgasta a muchos jóvenes que estuvieron firmemente afiliados a un ideal, paulatinamente se van afiliando a las coyunturas del dinero y el éxito fácil. Y entonces los escrúpulos aflojan…” “ya somos todo aquello contra lo que luchamos a los veinte años”

Por ello, una forma de permanecer jóvenes para, desde la política, legitimar y relevar su importancia en las sociedades y en las personas, es tener la humildad para tratar de descifrar los nuevos paradigmas y las nuevas causas por las cuales la sociedad o sectores de ésta se movilizan y nos demandan, junto con la valentía y la fuerza para buscar más allá de lo que conocemos o de lo que hemos hecho antes, respuestas públicas que concilien voluntades, y que tengan viabilidad e impacto.

Si ésta es la juventud, puesta en la perspectiva de un concepto que integra atributos y valores, a nuestra clase política en general le sobra experiencia, le sobran vivencias, le sobran historias, le sobran acuerdos, le sobra el monopolio de la transición, y le sobra soberbia, más le falta fascinación, modestia, e  imaginación, le falta arrojo, y le falta brío,  junto a la capacidad de interpretar desde el virtuosismo y no desde la superioridad a quienes nos otorgan el privilegio de representarlos.

 Por ello sintámonos jóvenes por un instante y medio. Quizá así percibamos que la juventud no es un enigma, sino un inapreciable azar que a todos nos ilustra y nos descubre.

 

 

 

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