Abuso sexual ¿Cuál es el límite?




Estas últimas semanas se han instalado en la agenda mediática distintos casos de abusos sexuales. Para algunas personas esto es positivo porque expone lo que históricamente le ha pasado a miles de mujeres que han sido víctimas de un sinfín de arbitrariedades contra su cuerpo y mente. Esto les permite empatizar con una realidad que quizás –y por suerte- no les ha tocado, pero que al saber que lo ha sufrido alguien, independiente de la cercanía, no pueden ignorar.

Por otro lado, se encuentran aquellas mujeres que sí lo han vivido y que han tenido que callar esos dolorosos momentos, esconder la rabia y llorar en silencio. Ellas han tenido que vivir con el peso de sus recuerdos, con el espíritu quebrado bordeando –a momentos- el colapso de su verdad y con el cuestionamiento constante de que quizás ellas son las culpables (“¡Quizás andaba muy provocativa!”; “¡Si no hubiese ido a esa reunión no me hubiese pasado!”; “¡Tal vez le debí haber dicho que no quería hacerlo con más fuerza!” etc.).

Muchas de estas mujeres hablaron y no les creyeron. Pidieron ayuda, pero las enjuiciaron públicamente. Le tuvieron que contar a una persona lejana lo que estaba sucediendo, porque el que las ultrajaba era parte de su familia y guardaban el miedo de un inminente quiebre. Lo que es peor y más alarmante, aún hay muchísimas mujeres que callan y que lo seguirán haciendo por temor. Lamentablemente, la aprensión que tienen de alzar la voz quizás va a ser más fuerte. Así como hay gente que ha empatizado con estas situaciones de abuso, hay otros que las someten a duros cuestionamientos –aún muchas veces siendo testigos-, generando contextos hostiles que destruyen la dignidad y la percepción de ellas mismas.

“¡Le pone mucho color, si solo le pasó a llevar el poto!”; “¡Yo caché que él estaba jugando no más con ella!”; “¡Yo creía que ella quería!”; “¡Estaba curao, no vale!”; “¡Pero si es su polola, hay cosas que ella tiene que hacer sí o sí!”. Muchos de estos argumentos lo único que logran es invalidar  la verdad y sentimientos de la víctima, privándola de una contención y resguardo –muchas veces- urgente. A ellos/as, los que siguen justificando el abuso desde sus vitrinas, me encantaría preguntarles ¿Cuál es el límite que debemos aguantar según su criterio?

Lo único cierto es que cuando alguien se siente vulnerado física o emocionalmente tiene que decirlo, nadie tiene por qué acarrear el dolor y rabia en soledad. Por otra parte, muchos de nosotros estamos con ustedes para contenerlas y abrazarlas, pero por favor hablen, hay una sociedad que se está comprometiendo férreamente en cuidarles, hacer justicia y potenciar su vuelo.

 

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