Actitudes históricas en tiempos de crisis




Hoy como nunca, mirar hacia atrás puede ayudarnos a profundizar las reflexiones que surgen estos días, a propósito del estallido social. La historia contemporánea nos ofrece muchos episodios donde gobiernos y sociedades han debido replantear el sistema político, social y económico bajo el cual viven. Algunas veces con relativo éxito, otras con rotundos fracasos.

En todas estas crisis han existido dos caminos por parte de los grupos gobernantes, en su intento de solucionarlas. Una es endurecer su posición, rigidizando las estructuras – inflexibilidad que casi siempre conduce al colapso de las mismas-, y otra es abrirse a cambios que liberan la tensión y permiten la supervivencia de parte de los principios en los que se basa su sistema.

El primer caso podemos ejemplificarlo con la Revolución Rusa de 1917, quizás la revolución más radical del siglo XX. La negativa de los zares, en especial el zar Nicolás II a asumir la veracidad de las necesidades del pueblo ruso, así como el anacronismo de su autocracia, terminó por socavar aquella monarquía, para siempre. Cada vez que se presentó una alternativa que pudiera salvarla, fue desestimada por un gobernante que no le tomaba el peso a la desesperación de su pueblo y cuyo exceso de confianza en las instituciones tradicionales, lo cegó a ver lo que realmente estaba ocurriendo. Sabemos cómo terminó la historia: zares asesinados, una guerra civil de millones de muertos y finalmente, Rusia bajo una dictadura tan opresora como la misma autocracia zarista.

Un caso diferente se dio en la actual Alemania, cuna del autor que muchos revolucionarios rusos leyeron y donde, sin embargo, no se vivió tal revolución. Las lecturas de Marx no causaron en este país, lo que sí en aquel. Ahora bien, no es que en Alemania (o la antigua Prusia) no se hubiera dado la cuestión social, o los obreros no sufrieran las penurias que conocemos del siglo XIX. Si bien existían diferencias entre la clase obrera de ambas naciones, los trabajadores alemanes también experimentaban la injusticia y precariedad.

Una de las grandes diferencias que explica los distintos desenlaces entre ambas historias, es que en este último lugar, frente a la amenaza de una revolución, Otto von Bismarck decide ceder y aplicar políticas sociales que nunca se hubieran pensado de un personaje tan conservador y tradicional como él. Así, paradojalmente, no fueron los socialistas los que fundaron los pilares del Estado de Bienestar, sino un hombre aristócrata y militar de carácter autoritario, que logró responder con políticas de Estado a las situaciones de necesidad de los obreros, dándoles protección obligatoria en casos de accidente, enfermedad, vejez e invalidez.

En ambos casos, hablamos, sin embargo, de sistemas que no sabían de democracia – al menos no como la conocemos hoy, de sufragio realmente “universal”- y eso abre un nuevo escenario: la participación ciudadana como un elemento insoslayable. Hoy en día las grandes decisiones no pueden ser tomadas a espaldas de la ciudadanía, sobre todo considerando la crisis de representación política actual. Cualquier respuesta a la crisis que no la considere, será insostenible. Y esta respuesta no solo deberá incluir soluciones pragmáticas y de corto plazo, sino planteamientos simbólicos, señales significativas de corte político – y filosófico si se quiere -, pues no solo hay personas necesitadas de cuestiones materiales sino también de un sentido país y de un trato que incluya aspectos humanos básicos, tales como la reivindicación del valor de cada persona, más allá de su posición socio-económica.

Así, la historia, maestra de la vida – “magistra vitae” como le llamaron los antiguos-, nos enseña por un lado, lo infructuoso que puede resultar la inflexibilidad en las posturas políticas y por otro, las oportunidades que un pragmatismo realista y observador puede conllevar. A ello podemos sumarle, la necesidad de atender los aspectos no materiales de las demandas, hoy resumidas en la exigencia transversal de un trato digno para todos los ciudadanos y ciudadanas y el establecimiento de un sistema que vaya más allá de la agenda inaplazable y contingente.

Esperemos que tanto los grupos dirigentes – de gobierno y de oposición-, así como también los ciudadanos, que como nunca, estamos pensando nuestro país, recordemos aquellas actitudes constructivas a la luz de las lecciones, no solo de historias lejanas, sino de nuestra experiencia reciente: la capacidad de diálogo y convergencia por sobre la inflexibilidad y endurecimiento de posiciones, y la dificilísima pero urgente capacidad de percibir la realidad, por sobre la ideología.

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