Agenda pública y vacío político: desafíos para el progresismo




¿De qué manera se da la batalla por la agenda pública en este particular período político? ¿Cómo se configura la relación gobierno/ciudadanía, y en qué márgenes se dinamiza una agenda progresista?  Partamos por considerar que la agenda pública no sólo es aquella configurada por los temas prioritarios de la agenda política –básicamente gubernamental, parlamentaria y partidaria–, sino que también comprende los temas políticos que interesan a la opinión pública. En este marco,  ¿qué recorridos siguen las corrientes de opinión en estos primeros meses del año?

El Gobierno de Sebastián Piñera despegó en marzo de 2018 con gran expectativa por parte de la ciudadanía. Ante cambios de gobiernos suelen ponerse en juego fantasías con respecto al potencial de “lo nuevo”. La alternancia en el gobierno constituye un poderoso agente de cambio del clima de opinión política y social del país, plasmado en una súbita mejora del “ánimo de la nación”, que según la encuesta MORI de abril de 2018 habría tenido impacto inmediato en la percepción de progreso. Con la llegada del invierno, no obstante, se encendieron alarmas: la pérdida de respaldo ciudadano al  Gobierno de Sebastián Piñera se estaría manifestando de manera contundente en distintos ámbitos de la percepción pública, tanto en lo que respecta a la caída de su aprobación, como a la situación económica del país y la personal. Es habitual, no obstante, que los apoyos iniciales con los que cuentan los gobiernos disminuyan a medida que se concreta la gestión gubernamental. En el caso del presidente Piñera, la primera caída tiene lugar relativamente temprano y, en lo que respecta a sus causas, las distintas interpretaciones reflejan la coexistencia de agendas sectoriales paralelas que, desde las elites, tienden a perderse de vista. Así, desde la oposición se tiende a enfatizar los yerros políticos del gobierno, y en especial, de los deslices verbales de ministros como el de Educación y Economía.

Sin embargo, es dudoso que éstos sean de interés generalizado. En todo caso, el factor que, indiscutiblemente, afecta el clima social es la percepción sobre el rumbo de la economía. La sensación mayoritaria de que el país “está avanzando” cambia a partir de julio, precisamente cuando se da a conocer el cierre de plantas fabriles de larga tradición en el país como IANSA, SUAZO y MAERSK. Fuera de la cantidad de afectados directos, los procesos de este tipo tienen el fuerte impacto simbólico que implicar el cierre de fuentes de empleo históricas. A esto se suma al aumento del desempleo, que con un 7.2% alcanza la cifra más alta de los últimos años.

Más allá del desempeño del Gobierno, la cuestión es ¿qué papel juega la oposición en este escenario? Evidentemente, el lugar de espectadores que, con disimulada satisfacción, esperan ver cómo se desmorona la ilusión de los “tiempos mejores”, es demasiado pobre. Por ahora, sólo los movimientos feministas han tomado la agenda en sus diversas dimensiones con logros trascendentales, apareciendo como excepción en un paisaje bastante desolado, en el que el progresismo no logra superar lo reactivo. En todo caso, cabe plantear una distinción entre agendas noticiosas circulantes, que desde las altas y medianas cumbres se suele obviar. Presumiblemente, aquellos temas en los que minorías altamente politizadas e informadas ponen su foco de interés, no son compartidos por públicos masivos. El progresismo tendría una clave, entonces, en el llamado a superar sus microentornos de referencia, reforzados por los espejos de ciertos medios e incluso de las redes sociales, y salir, nuevamente, a conversar con las personas.

 

Bet Gerber.

Directora del Programa de Opinión Pública de la Fundación Chile 21.

 

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