Andrés Aylwin Azócar




Ha partido un hombre bueno. Justo y bueno.

Durante mi infancia en San Bernardo, conocí de lejos a Don Andrés, como todos lo llamaban. El principal recuerdo que tengo de su figura era que todo el mundo hablara bien de él, como una figura digna de admiración y respeto. Mi abuela, que fue dirigente social en los 70’, me contó varias veces las historias de cómo Don Andrés había ayudado y protegido a muchos de nuestros vecinos durante la dictadura, y de cómo había hecho suya la lucha por verdad y justicia.

Fue parlamentario también por el antiguo distrito 30, dos períodos, y eso tampoco nubló su juicio, ni le hizo caer en estridencias ni pretensiones (tan propias de nuestros días). Con sencillez y dedicación asumió la labor parlamentaria sin dejar de visitar en terreno a la misma gente con la que hizo el camino durante la dictadura, que no dejó de apoyarlo y reconocerlo nunca. Sus colegas en el parlamento supieron de su compromiso y generosidad, y transversalmente (tal como hoy), se destacó su aporte a la reconstrucción de la democracia en nuestro país.

En su partido, la Democracia Cristiana, fue uno de los 13 militantes que expresaron su rechazo al Golpe militar a días de ocurrido, dejando con ello una huella indeleble de dignidad que permanece hasta ahora. Y eso define a los hombres buenos: la dignidad, la búsqueda de la paz, el cariño por el pueblo y su devenir.

Hay algo de simbolismo también en el hecho de que Andrés Aylwin muera a días de la partida de otro hombre bueno, el ex secretario general de la ONU Kofi Annan, quien dedicó su trabajo a luchar por la paz y el respeto a los derechos humanos en cualquier lugar que fuese requerido. En una época donde vuelve a ponerse en el tapete el respeto de los derechos humanos ya no solo como un horizonte hacia el cual avanzar, sino como un imperativo ético ante el dolor que viven miles de hombres y mujeres en el mundo, los ejemplos de hombres como Aylwin y Annan son sin duda estremecedores.

Obviamente, la presencia y el legado de Don Andrés Aylwin no se desvanece con su muerte, por el contrario, su ejemplo de dignidad, consecuencia y respeto por los derechos humanos, y su lucha por la verdad y la justicia en las horas más negras de nuestra historia, seguirán siendo una guía para quienes aspiran a hacer de Chile un mejor lugar, un lugar donde cumplir sueños, un lugar de hombres buenos. Donde esté, Andrés Aylwin Azócar llevará consigo el cariño y el orgullo del pueblo que cuidó, de los hombres y mujeres con los que luchó codo a codo, de la democracia que ayudó a reconstruir para el futuro.

 

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