Castigo al PT




Este domingo, en plena primavera de Brasil, se desarrollaron las elecciones presidenciales de esta potencia Latinoamericana. En las calles, restaurantes y en cada rincón se respiró el balotaje, que causó expectación a nivel mundial.

Todos pronosticaron resultados,  la mayoría con una clara victoria de Jair Bolsonaro. Y las razones fueron variadas, pero la más importante fue que el candidato de ultraderecha logró capitalizar el descontento de los brasileños con el nivel de corrupción que han alcanzado los últimos gobiernos del Partido de los Trabajadores.

Recorriendo las calles de Brasil, conversando con muchos que votaron este domingo, me quedó claro  existe un gran cariño y reconocimiento al Presidente Lula y todos los avances que su gobierno tuvo para el pueblo y las clases más pobres, pero no fue suficiente para que el candidato de su partido, Fernando Haddad, se quedara con el triunfo en las urnas.

¿Pero cómo se explica un cambio tan radical en Brasil? Esto se puede definir no como uno social. Los brasileños no cambiaron del progresismo a la ultraderecha como modo de pensar y ver a su país tan rápidamente, más bien, es un castigo al partido que comenzó sus gobiernos muy bien, pero las garras de la corrupción poco a poco los fue hundiendo.

Brasil dijo NO más corrupción de manera fuerte este domingo. Fue una decisión pragmática la que acaba de tomar el pueblo carioca. Este resultado debe servir de lección a todos las nuevas generaciones de políticos latinoamericanos, abrazar el servicio público y las banderas de distintos colores políticos con un horizonte colectivo por sobre el particular.

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