Chile, en la antesala de un nuevo Contrato social




Las enormes e innegables transformaciones de la sociedad, de la economía y de la política chilena en las últimas tres décadas, fueron generando en paralelo un agotamiento del régimen político en general. En este contexto muchos han señalado, luego de una semana de estallido social, que para empezar a entender y a responder a estos sucesos, se debe partir por relevar la humildad y la capacidad de escucha de la clase política.

Los ciudadanos perciben que viven en una sociedad injusta y han incubado un sentimiento de indignación y desconfianza, ven que la política no ofrece respuestas a sus inquietudes sociales, sienten que la esperanza de una vida mejor dependerá tan sólo de su esfuerzo personal, mientras “los políticos”, llenos de privilegios, se enfrascan en peleas semánticas no sólo inentendibles para el común de los chilenos, sino que, además, alejadas de los temas que a las personas les preocupan.

En tiempos donde la política, El Parlamento, la iglesia, las FFAA, la justicia, la contraloría, por señalar algunas instituciones, están debilitadas y ya no son los referentes que le daban robustez a nuestro estado de derecho, en tiempos donde las personas se sienten discriminadas por su condición social, por su aspecto o por donde viven, en tiempos donde sólo aspiramos a tener más dinero, ya que ésta es la única manera de acceder a bienes y servicios de calidad como son la  salud o la justicia, en tiempos donde la delincuencia se ataca con la tenencia de armas y no con reflexiones ni políticas integrales que apunten al corazón de este fenómeno. Es en estos tiempos entonces que, se hace ineludible reflexionar respecto a que ningún sector político, ninguna política efectista o paliativa será capaz de reconstruir por sí sola y en un periodo corto de gobierno, tanto una estantería que se desarma, como una sociedad segregada, atemorizada y desconfiada.

Ante eso, es hora de plantearnos un nuevo contrato social, producto de acuerdos amplios, y de largo plazo, en los ámbitos sociales, políticos, y económicos. Donde el punto de partida es consensuar un nuevo paradigma en el cual los ciudadanos nos volvamos sujetos de derechos y dejemos de ser, cuando nos toca, sujetos de asistencia.

Estamos frente a una realidad elocuente, donde para algunos ya se disolvió el lazo social y estamos más indefensos que nunca, o al populismo con respuestas fáciles y propuestas devastadoras, o al autoritarismo en su mas cruel expresión.

Es necesario volver a crear un sentido colectivo, que no implica la falsa promesa de la igualdad, sino más bien, convertirnos en una comunidad que establece entre otras cosas, criterios de redistribución consensuadas en colectivo, y donde todos nos sintamos obligados recíprocamente haciendo un esfuerzo mayor, generoso y real que devele las deudas sociales.

Hoy y no mañana es el momento de hacernos preguntas que orienten respuestas colectivas como: ¿Cual es el régimen político que mejor representaría nuestra democracia?, ¿cuales serán los frenos y contrapesos? ¿cuales serán los umbrales tolerables de todas las expresiones de la desigualdad?

 Mientras, me quedo con el contenido de un cartel que vi en una de las tantas marchas de estos días: Quiero vivir, no sobrevivir¡¡¡

 

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