Ciudades amigables en la era de la longevidad




¿Ciudades amigables con la vejez? ¡¿Qué pregunta es esa?!

El derecho a envejecer en una ciudad amigable, constituye uno de los desafíos más relevantes como sociedad en la era de la longevidad. Una forma de asumir y tener en cuenta el significativo aumento de personas mayores en nuestra familia, barrios y ciudades. La representación de la pirámide poblacional en la realidad. Conocedores de que Chile no está preparado para envejecer y comprendiendo las diversas aristas que representa una sociedad envejecida, promover espacios de integración e inclusión, y asumir la convivencia de distintas generaciones, son condiciones necesarias de relevar en un contexto de promoción de derechos y avance a un cambio cultural. En este sentido, la ciudad es el lugar donde trascurre la vida, enfrentamos desafíos, soñamos, amamos, construimos, destruimos, recordamos, olvidamos, incluimos, segregamos, con poca conciencia de los lugares en registros y las posibilidades que por esencia representan.

Muchas veces escuchamos “No me gusta la ciudad”, “me perdí entre tanta gente”, “me costó llegar”, “sentí miedo”, “no vi a ningún conocido”,  frases cotidianas de quienes construyeron la cuidad y sus costumbres, entre organizaciones, demandas sociales, sueños de casa propia, educación de sus hijos, el trabajo y la espera.  El mundo de la vida, que ofreció condiciones y oportunidades que en el trascurso del tiempo fueron desplazando lo viejo, tal vez, ese tono gris que fue tomando la ciudad solo buscaba colores en la juventud, pero es difícil encontrar explicaciones para quienes hoy caminan más lento.

El mundo de la vida y el devenir constituyen tiempos lapidarios en que no hubo espacio para comprender  el aumento de la esperanza de vida y  con ello la necesidad de ciudades que reciban a las personas mayores en sus parques, calles, viviendas, edificios, centros ciudadanos, centro de salud y trasporte. La ciudad de los servicios fue desarrollando polos modernos, pensados en una sociedad que literalmente camina y cambia rápido, anuncia necesidades y solicita soluciones inmediatas, apura el tiempo, y la modernidad se manifiesta con ruidos tecnológicos. Como si lo urbano superara a lo humano. ¿Para quién es la ciudad? La ciudad debe ser para todas las personas, la ciudad es de la gente, la ciudad es de nosotros.

Nos cuesta pensar en las personas mayores, y los ejercicios de inclusión vinculados a la accesibilidad universal manifiestan polos de modernidad que no alcanzan para todos, los espacios preferenciales suelen ser escenarios de lucha por derechos, que se levantan lentamente en la ciudad de los muros, haciendo difícil el transitar de quienes marchan lento. Un ejemplo son los semáforos, cuyos temporizadores no dan cuenta de las necesidades diferenciadas de una sociedad en la que transcurre la vida de distintas generaciones. Un grito en medio del ruido que se pierde en la urgencia de los propios quehaceres. Un grito que inexplicablemente, no representa a quien transita a diario, versus el inevitable abandono de los pueblos en provincia que constituyen patrimonios de verano.

 

Las ciudades amigables, como desafío de la urbanización en sociedades envejecidas, obedece al esfuerzo de organismos internacionales como la OMS y OPS para el desarrollo de procesos de envejecimiento activo, asumiendo el aumento de la proporción de personas mayores en el escenario social y el reconocimiento como sujetos de derecho y capital social activo.

Lograr el compromiso de la ciudad, con las personas mayores es el reto que facilita la promoción de acceso  a la salud, participación, seguridad y dignidad en la medida que los ciudadanos envejecen, generando condiciones de adaptación en tiempos donde la ciudad y la vida urbana aumenta, constatando que: “al mismo tiempo que van creciendo las ciudades de todo el mundo, sus residentes van envejeciendo. El porcentaje de la población mundial de 60 años se duplicará, pasando de un 11% en 2006 a un 22% para 2050” (Informe OMS 2008).

Las ciudades amigables con las personas mayores, deben transformarse en un  planteamiento político, ya que los entornos físicos, ambientales y sociales, son determinantes en la calidad de vida de las personas mayores, así como, valorar la contribución de las personas mayores, depende, de las condiciones de salud, inclusión, garantía de derechos que una sociedad brinda quienes son mayores de 60 años. Una ecuación básica, resulta de la capacidad de resolver necesidades para la proyección de oportunidad que las personas mayores representan, es decir, necesitamos lograr participación y calidad de vida, como elementos fundamentales para el desarrollo de ciudades amigables.

En Chile, la comuna de Victoria en la región de la Araucanía fue la primera ciudad que generó condiciones ambientales, físicas y sociales para el envejecimiento activo, transformándose en la primera ciudad amigable de Chile y la 23 en América Latina, hoy le siguen iniciativas impulsadas desde los gobiernos sub nacionales, basadas principalmente en la voluntad política de sus autoridades locales  y el liderazgo creciente de las personas mayores.

La amplia gama de oportunidades que representan los adultos mayores, debe motivar un abordaje en materia de ciudades amigables, que aporte a la inclusión y  valoración explicita de las capacidades instaladas de las personas mayores, el respeto a sus decisiones y elecciones de estilos de vida en el marco de la interculturalidad y las diversas vulnerabilidades. Por lo tanto, hablar de ciudades amigables, contribuye a la manifestación política de interpretar nuevas realidades, de asumir en conjunto nuevos desafíos, de respetar el derecho a convivir entre distintas generaciones y valorar los aportes diversos de las personas en las distintas etapas de la vida. Es pensar en nosotros como sujetos de derecho, con más años y con ganas de seguir siendo parte de la sociedad desde nuestra singularidad.

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