Con justicia en lectoría, otro gallo cantaría




Perritos (omitiré la distinción de genero mejor), demás está decir que, en este país de zorrones, las intenciones de mejora que trataron de conseguir los pingüinos con sus multitudinarias marchas quedaron en poco y nada, pero atención, no quiero decir en estas líneas que esas manos en alto de los políticos celebrando la derogación de la LOCE, no fuesen importantes, ni que algunas de las reformas impulsadas fueran un necesario avance. De hecho, me parece son vapuleadas gratuitamente y no sopesadas con justicia, y lo afirmo convencido, creo que el mal endémico que vive nuestra educación no es producto de las propuestas, ni de los avances legislativos, menos del agotamiento de las marchas estudiantiles. Creo que es producto del gatopardismo, de la homeostasis capitalista y la entropía de los sistemas que se apoderan de ellas.

 

Los cambios que nada producen fueron descritos ya por Orwell con su “Rebelión en la granja”, donde expresa a través de una magistral frase lo siguiente: “todos somos iguales, aunque algunos somos más iguales que otros”. Cuanta verdad hemos visto a través de la historia en estas proféticas palabras. En nuestro escenario criollo queda claro que esto ocurre en las salas de clases, donde las cosas siguen igual, donde es posible seguir claramente el rastro de  la desigualdad a través de la línea del Metro, el país donde el futuro de cada cual esta prácticamente definido por el lugar donde nace, y donde las reformas educativas fueron demandadas al evidenciarse las groseras diferencias sociales de este país, que terminaron por avergonzar a la nación de los jaguares, mostrándonos lo   que éramos en realidad, apenas un ratón de cola pela. Y lo seguimos siendo (perdónenme los ratones).

Sigue incólume la desigualdad, los recientes resultados de la evaluación de habilidades lectoras evidenciaron nuevamente las brechas socioeconómicas que condicionan el destino de nuestros niños y niñas, con la distorsión y la frustración que el neoliberalismo hace que experimente nuestra vida, generando expectativas que nunca serán cumplidas,  con el dolor que esto conlleva y los daños colaterales, que son para los que las viven una tragedia diaria , tragedias personales que se vuelven masivas, generando una pandemia de pérdida de talentos y oportunidades. Estos resultados se producen a temprana edad, en este caso segundo básico, marcando el destino de unos y otros.

¿Será posible revertir esto?, ¿son necesarios más recursos?, en el último gobierno de Bachelet se elevó en 32% el presupuesto de educación, en su primer gobierno los recursos destinados a subvenciones aumentaron en un 33,7%, importantes incrementos producto de las movilizaciones de los pingüinos, que se realizaron escuchando el clamor en la calle  y se transformaron en la promulgación de una Ley, la famosa ley 20.248 o ley SEP, que entrega recursos adicionales de subvención a los estudiantes de los dos quintiles de más bajos ingresos. Esta ley constituye una base presupuestaria para la gestión de la mejora escolar, donde los sostenedores se comprometían con que los colegios formularían un Plan de Mejora (PME), para que los estudiantes tuvieran más materiales didácticos, se contrataran más personas para atender a los y las estudiantes, se realizaran talleres para desarrollar los talentos, y un gran etc.

Lamentablemente, en la mayoría de los casos esos recursos terminaron en manos de multitud de ATEs, de Pizarras interactivas vendidas por gurús tecnológicos que portaban maletines negros, de compras de útiles escolares sobrevalorados, para financiar una piscina temperada, de uso de los fondos para pagar deudas de arrastre de los empleadores. Existe un resort en Olmué que probablemente se enriqueció como nadie con el dinero de la vulnerabilidad, en ese lugar muchas instituciones terminaban sus capacitaciones de profesores, asistentes de la educación y equipos directivos, entre tenedores libres y panzas atiborradas, pagadas con dineros que eran de los niños. Lo penoso es que esos eran los recursos que las escuelas, sus comunidades y sus profesores debían usar para financiar acciones en beneficio de la escuela y el aprendizaje.

En el caso municipal, el gatopardismo atenta contra el derecho a la educación, haciendo que los recursos que se aumentaron con la ley de inclusión sean ocupados para decisiones que no nacen de la escuela, ni de quienes las dirigen, lo que termina matando las esperanzas y manteniendo los magros resultados de lectura de nuestros estudiantes.

Si los recursos fueran usados realmente por la comunidad, no mataríamos la gallina de los huevos de oro que son el talento de niños y niñas, tendríamos más colegios “San Nicolás”, con una alta probabilidad que la brecha de lectura de ricos y pobres fuera menor, o desapareciera, y con seguridad otro gallo cantaría por estos lares.

 

Manfredo Langer.

Profesor de Estado.

 

 

 

 

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