¡Cuidado con el cuidado!




El cuidado es una función social, toda vez que implica asumir el desafío de cuidar a quienes por motivo de dependencia física o psicológica no pueden hacerlo por sí mismos. Chile es un país envejecido, más de tres millones de personas superan los  60 años, así también, existe un aumento sostenido de la esperanza de vida y los grupos sobre 70 años son los que más crecen. En este contexto, las personas mayores de 80 años, enfrentan escenarios de mayor discapacidad y dependencia, lo que implica la necesidad de cuidados de largo plazo. Es conocida la precariedad de los ingresos y sistemas de salud frente a la vejez, condición que no garantiza el derecho a cuidado desde una acción estatal, reconociendo los esfuerzos de programas  como  “Chile Cuida” y los incipientes programas de atención domiciliarias impulsados desde la institucionalidad, cuya característica principal es la baja cobertura, situación que valida la necesidad de levantar el cuidado como un  desafío país. Mas allá de las especulaciones sobre quién debe cuidar, lo cierto es que la familia en su composición tradicional cambió y, el Estado no cuenta con apoyos suficientes para garantizar cuidados en la vejez.

Es importante destacar que la actual generación de personas mayores obedece a un orden social basado principalmente en patrones culturales vinculados al apoyo familiar (mujeres: pareja, hijas, nietas), la permanencia en sus hogares, la fe y el temor a la dependencia. Situación que no parece extraña, solo que, la sociedad comprende de forma diferenciada a la vejez, no la dimensiona en el proyecto de vida y tiene escasa percepción de las dinámicas que la rodean, sumado al hecho de que el Estado carece de políticas públicas en esta materia. Esta dicotomía entre las expectativas y la realidad, produce el aislamiento de las personas mayores, frente a su baja posibilidad de enfrentar en un marco de derechos los desafíos del cuidado, así también, colocan al cuidador en un escenario poco propicio para el desarrollo de sus proyectos personales y sociales, una contradicción de entrada, que humaniza y desplaza.

La persona que cuida, no siempre obedece a una vocación de servicio, más bien espera alguna acción institucional de apoyo que capacite y otorgue respiro, sin embargo, esta aspiración no se resuelve desde el Estado, generando angustias, soledad, cansancio y aislamiento social. Al final del día, hay dos personas que sobreviven en una relación humana de protección.

El cuidado es un derecho, que implica la promoción de la autonomía, atención y asistencia en circunstancias de enfrentar la dependencia y garantizar el bienestar. Si ponemos atención a nuestras vidas, todos hemos necesitado cuidado en algún momento y tuvimos a “otro” que nos cuidó, dado que era una necesidad temporal o imperativa, cuando estamos en la infancia por ejemplo, pero en la vejez, el cuidado es de largo plazo, en promedio 10 años, los que implica un desafío  permanente, cuyo motivación es el vivir. Las mujeres han asistido de manera histórica el rol de cuidadora profundizando brechas de desigualdad que se mantienen en tiempos modernos y  presionan lentamente al Estado para nuevas acciones  dada la carga de tareas y el uso del tiempo.

Es increíble, que la modernidad y el ingreso de la mujer al mundo del trabajo, no implique un cambio  en la distribución de los roles familiares y domésticos, aumentando la brecha entre quienes necesitan cuidado y quienes se disponen a cuidar.

En los países donde existe un sistema de cuidado, el desarrollo humano produce una mejor distribución de la riqueza económica, prestadores de servicios privados y públicos, es decir, la necesidad del cuidado se remite a todos los contextos, se financia de diversas formas y se erradica de la estructura exclusivamente familiar. El estado actúa como garante y esa garantía es parte de los derechos humanos de toda persona, cuyos pilares se enmarcan en una sociedad que comprende el envejecimiento como un fenómeno propio, lleno de oportunidades y desafíos.

Los costos del cuidado, constituye otra de las  limitaciones, así como su oferta regulada y especializada, manteniendo la brecha de desigualdad especialmente en las mujeres, en este sentido, es urgente educar sobre la corresponsabilidad, el cuidado de la vida, el proyecto de vejez y las legitimas expectativas sobre ser viejo y envejecer en una sociedad moderna.

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