El amor en tiempos del Coronavirus




Podría perfectamente hablar de todo lo que está pasando desde un punto de vista muy técnico, muy médico y con palabras rimbombantes; estar a favor o en contra de la gestión del gobierno y de nuestro ministro de salud. Cuestionar las estadísticas o bien refutar cada uno de los puntos de datos obtenidos desde los organismos centrales, pero hoy no estoy aquí para esto. Hoy les vengo a hablar de otra cosa, les vengo a hablar del amor. Principalmente el amor al prójimo.

Una de las características más codiciadas por cualquier profesional de la salud es el poder ser una persona empática, poder ponerse en los zapatos del otro para poder entender cuál es su dolencia, su magnitud y el impacto que esta presenta en su vida. El poder mirar la vida a través de los ojos de quien te viene a pedir ayuda.

Este “don” es cada vez más escaso entre nosotros y no por falta de esmero, sino por un sistema de trabajo que nos lleva a la deshumanización del paciente, o mejor dicho “usuario o cliente” como nos han hecho llamarlos desde hace un tiempo a la fecha. Este sistema donde se trabajan largos turnos extenuantes y con recursos generalmente inadecuados e insuficientes y con un muy mal sistema de gratificaciones para quienes pasan más tiempo dentro de los centros de salud que con sus familias.

Hoy gracias a esta pandemia que nos ataca desde hace unos meses ya, hemos podido ver que quienes están en la primera línea de atención de salud, tal cual lo hacen siempre (y digo lo hacen, pues desde que me dediqué a mi especialidad, salí de los servicios de urgencias donde solía trabajar), dejando de lado a sus familias y muchos de ellos arriesgando la vida de sus familiares y las propias por seguir brindando este servicio que es tan requerido.

Hemos sido espectadores de rondas de aplausos para estos nuevos héroes por horas y en todas las latitudes del mundo; a lo largo y ancho de nuestro país. Las RRSS están inundadas con agradecimientos hacia ellos y sin embargo todos los días nos desayunamos con noticias que muestran lo peor de nuestra sociedad frente a esta amenaza global. Fiestas multitudinarias en toque de queda y sin respetar las mínimas medidas de salud, gente haciendo filas para entrar al mall sin respetar la distancia social requerida, barrios comerciales llenos hasta las banderas y ni hablar de los elementos de protección personal necesarios para circular. Y podría seguir enumerando sucesos, pero no me quedan tantas palabras.

En estos días de crisis, hemos visto la completa ausencia de la empatía en nuestra sociedad. Entender que el amor al prójimo es lo que nos convierte en una sociedad desarrollada, donde entendemos que nuestras decisiones tienen consecuencias para con otros y que ello sea pensado antes de actuar. Hoy la crisis no es tan sólo económico-sanitaria. Hoy la crisis es de amor. De saber que, si me contagio, puedo llegar a afectar a mucha gente si no sigo las medidas impuestas por la autoridad sanitaria.

Hoy la crisis más terrible es la de la indiferencia. Haber olvidado que somos hijos, nietos, sobrinos, primos, padres y esposos. El haber olvidado el amor por quienes nos trajeron a la vida y quienes les dieron forma a nuestras vidas.

Hoy la peor crisis es la falta de amor.  Y esto es mucho más terrible que cualquier virus que nos pueda atacar hoy y en el futuro.

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