El baile de los que sobran




Decir que estos han sido días convulsionados es poco decir y cualquier otro adjetivo se queda corto. Esta es la forma, bien a la chilena, de hacer una revolución. Si revolución. Esa palabra que se ha transformado en un tabú y que está tan satanizada como quien pudiese llegar a definirse como revolucionario.

Chile el país de los jaguares, el más estable de américa latina o el oasis del que nos jactábamos, hoy sigue esperando la llegada de la alegría o de los tiempos mejores. Pero los chilenos y chilenas se aburrieron y ya no están dispuestos a seguir viviendo de promesas rotas. Quieren hechos concretos.

La primera vez que escuché en una manifestación el baile de los que sobran treinta años después, se me partió el alma y me puse a pensar en los años que pasamos en la calle manifestándonos y exponiendo nuestras vidas; en las vidas que se perdieron después del golpe; en cuantos quedaron dañados para siempre; cuantas familias destruidas, etc.

¿Que hicimos estos treinta años?

Está claro que no tenemos los niveles de miseria de los ochentas, pero seguimos siendo un país pobre, donde el bienestar económico es una ilusión que se termina cuando pierdes el trabajo y no puedes cumplir con compromisos como pagar el dividendo, la universidad de tus hijos o la propia, el colegio, el auto, etc. Entonces, ¿cuál es el avance real y sustantivo?

Lo único claro es que el modelo es un fracaso y que no hay vuelta atrás.

El descontento ciudadano es tanto que excede a la derecha o a la izquierda y los partidos políticos, ni sus representantes, tienen cabida ni van a ser escuchados y los intentos estériles de “colgarse” del movimiento siempre van a ser absolutamente repudiados por una ciudadanía que no es la de 1960 o 1970. Este es un ciudadano que tiene deuda CAE por que tiene una educación formal. Chile ya no es ese país de obreros y campesinos a los que pudieron acallar y someter a punta de balazos. Hoy los chilenos y chilenas salen a manifestarse a pesar de que les disparen perdigones a la cara y pierdan los ojos. Esa es la imagen que hoy da la vuelta al mundo, jóvenes con convicción con las manos en alto enfrentándose a la represión desmedida.

El viernes pasado, parada en Manuel Montt con Valenzuela Castillo, un vecino puso música en su balcón y sonaba en el aire “el baile de los que sobran” y volví en el tiempo al 6 de octubre de 1988 y marchábamos de la mano con mi marido por la alameda por el triunfo del NO, esperanzados en la llegada de la alegría, a no seguir “pateando piedras” y heredarles a nuestro hijo y nietos un país donde el ser humano sea tratado con dignidad, donde no solo tengas acceso a una educación gratuita y de calidad, sino que también a que el estado te apoye si pierdes el trabajo; qué si te enfermas puedas acudir a un consultorio u hospital para que te atiendan dignamente; y que cuando te jubiles, tu pensión no sea una miseria que apenas alcanza para comprar los remedios y que después de trabajar toda la vida no pienses en el suicidio como salida.

Después de cantar un rato, me pude dar cuenta que en realidad el proceso social que comenzamos en los ochentas se durmió un rato, pero está más vivo que nunca y que hoy son los hijos y nietos de esa generación amedrentada, golpeada, torturada y asesinada los que tomaron la batuta y exigen terminar con la desigualdad en un país que no es nada de lo que nos han vendido los últimos treinta años.

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