El descaro de la “normalidad” de un 11 de septiembre




“Hoy en La Moneda es un día de trabajo absolutamente normal”. Esa fue la frase estelar del ministro del Interior, Andrés Chadwick, para iniciar este el 11 de septiembre de 2019, fecha en que se cumplen 46 años del golpe militar.

Lejos de contribuir a ese tan anhelado ambiente, a lo largo de los años y por diferentes gobiernos, de unidad y reflexión en una fecha que divide a los chilenos, la célebre frase de la autoridad del gobierno incendió los ánimos en distintos sectores de la oposición y en organizaciones de derechos humanos.

Y es que la desafortunada declaración, pensada o no pensada estratégicamente por el mismo personaje que enfrentó una interpelación por violencia en La Araucanía, saca a flote la esencia misma de la derecha: intentar dar vuelta la hoja, olvidar, negar, otorgar efectivamente un manto de normalidad a esa fatídica fecha que partió a un país en dos y que dio inicio a 17 años de dictadura.

Es un descaro. Me pregunto entonces sobre otras anteriores declaraciones donde, intentando logar una empatía con nuestro constante dolor como familiares directos de víctimas de atropellos a los derechos humanos, el mismo ministro Chadwick ha reconocido la brutalidad de lo ocurrido y ha afirmado que, frente a su rol en dictadura, que se arrepiente de no haber “hecho algo más”. ¿Entonces?, ¿cuál es el sentir real? Pienso no es otro que instaurar la impunidad y dar cabida al negacionismo.

¿Dónde queda entonces algo aún más básico y propio del ser humano, la simple empatía, esa capacidad de ponerse en el lugar del otro, de respetarlo? No, no existe, evidentemente el ministro, por más declaraciones que anteriormente haya realizado, no sabe ponerse en el lugar de otro. ¿O acaso el ministro sabe lo que es haber crecido y llegar a la adultez sin saber el destino final de tu padre hecho desaparecer?

Y es que yo, como tantos y tantas hijas que quedamos sin padre, no lo recuerdo. No tengo grabado su olor, no se de tus gestos, sus reacciones… no conocí sus pasos, no pude llorar en su hombro, no pude brindar con él cuando fue abuelo.

No pude, me lo impidió la dictadura de la que él fue cómplice. Me lo arrebataron de mi vida y de la tierra. Negaron su existencia, ocultaron sus restos. Se lo llevaron a Villa Grimaldi, lo sacaron de Villa Grimaldi… Dijeron que fue lanzado al mar, mutilaron tu cuerpo y sus sueños de un mejor país, llenaron de sangre las calles, acallaron su voz, doblegaron su fuerza, lo hicieron desaparecer.

Pero muy a pesar de muchos, mi padre y todas nuestras víctimas caminan con nosotros. Este 11 de septiembre nuestros desparecidos y desaparecidas están aquí, entre los chilenos, entre sus nietos, hermanos, sobrinos, amigos, entre los y las ciudadanas que sí empatizan con el dolor ajeno, con la historia de un Chile que aún tiene heridas, donde no hemos encontrado justicia y donde seguimos buscando, mientras las viejas madres se nos mueren. Donde, con mucha fuerza, podemos levantar la voz para condenar la irresponsabilidad de que se quiera dar a esta fecha un grado de “normalidad”.

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