El imperativo de la unidad




La próxima elección municipal y de gobernadores regionales presiona a las fuerzas políticas a tomar posiciones y prefigurar alianzas. Nadie es ajeno a esta presión. Sin embargo, estos movimientos no indican de parte de la oposición algún asomo de unidad opositora o de poner freno a la dispersión de fuerzas, es más, se van produciendo nuevas escisiones y disgregación.

En una declaración reciente, el Frente Amplio tomó la iniciativa y propuso la unidad en el territorio con otras fuerzas, especialmente las que representen dinámicas sociales. Es una declaración ambigua, pero que abre puertas a entendimientos en la base a través de un arco de fuerzas que se encuentren en un territorio.

Los partidos de centroizquierda, en cambio,  no logran consolidar un espacio común que permita a ese sector ordenar su política de alianzas. Tanto la DC como el PC experimentan con otro tipo de fórmulas sin generar cambios significativos y los partidos de Convergencia progresista, aparte de algunas declaraciones, no toman acciones que muevan el tablero y cambien el escenario para el progresismo.

Es inexplicable esta inacción sobre todo considerando la dispersión en el actual cuadro político. ¿Qué impide que la ex Nueva Mayoría retome su alianza en una nueva coalición que le otorgue vitalidad al espacio de centroizquierda? ¿O al menos, que impide el que algunos partidos lo intenten?: ¿La insalvable distancia ideológica entre el PC y la DC? ¿La ambigüedad de la política de alianzas del PS? ¿La extinción?

Los resultados de la última elección están nublados por el resultado presidencial, pero si se revisan a fondo no parecen incentivar a la dispersión ni el apocalipsis a la centroizquierda, sino todo lo contrario estimular a estas fuerzas a agruparse.

¿Desde qué piso parten las distintas fuerzas?

En la última elección parlamentaria en diputados, donde se mide el peso de los partidos, las fuerzas agrupadas en el Frente Amplio rindieron poco menos que su candidata: 16,48 versus 20 %. En el caso de los partidos de la Nueva Mayoría fue exactamente al revés: los partidos rindieron en primera vuelta poco más que su candidato (24,06 versus 22,7%). La DC que fue parte de la nueva mayoría compitió con lista propia y obtuvo también más que su candidata: 10,68 versus 5,88 %.

Los votos sumados del PPD y el PS representan prácticamente lo mismo que todo lo que obtuvo el Frente Amplio. Fue esta última coalición la que aprovechó las ventajas del sistema al dividirse la centroizquierda en dos listas. La DC podría haber obtenido más diputados al ir en coalición, pero inexplicablemente fueron solos.

Estos resultados han sido poco analizados a la luz de la derrota presidencial.

Efectivamente, el resultado parlamentario de la Nueva Mayoría sumada la DC sitúa a esas fuerzas con un nada despreciable 35% de los votos, pero con una crisis política de envergadura que no permite ordenar a sus fuerzas. El Frente Amplio obtuvo un triunfo político y muchos diputados aprovechando las ventajas del sistema, pero sus resultados en porcentaje son todavía bajos como para hegemonizar a la oposición. Ni siquiera el mal momento del gobierno logra que la oposición intente algo parecido a converger. Por todos lados, las políticas identitarias sustituyen a la necesidad de construir mayorías.

Si las fuerzas de centroizquierda, aún mayoritarias en la oposición, no quieren seguir en un declive irreversible deben hacer un esfuerzo para abrir un diálogo y reunirse de una vez. Paradojalmente, ese paso podría servir para hacer un intento serio de unidad de la oposición.

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