El miedo y la importancia de las instituciones




Durante las últimas semanas ha sido recurrente el miedo a nivel social. El miedo a contagiarse de un virus desconocido y muchas veces letal, el miedo a perder el empleo, el miedo a distanciarse de los seres queridos, el miedo al colapso de la economía, el miedo a la violencia, el miedo a la pobreza. Este temor se ha expresado de distintas maneras, a veces silenciosamente al interior de los espacios de confinamiento debido a la cuarentena, a veces expresivamente en protestas que denuncian hambre y exigen respuesta del Estado.

El temor en la sociedad también está asociado a una ausencia del cuidado por parte de las instituciones del Estado, a sentirse desamparados y solos frente a la incertidumbre que deriva de una de las crisis sanitarias más grandes de los últimos tiempos, crisis que no ha hecho si no profundizar una crisis social, económica y política que venía asomándose  con fuerza a partir de octubre de 2019.

Es interesante observar que Chile venía presentando hace al menos una década un aumento en la percepción de inseguridad, y un deterioro en la confianza respecto a las principales instituciones públicas del país, tales como el Congreso, los partidos políticos y el gobierno, así como también de instituciones como la Iglesia, los empresarios o las fuerzas armadas y de orden. Encuestas como el Latino barómetro, CEP y otras similares venían poniendo énfasis en estos aspectos y tendencias.

La frase “no lo vimos venir” se ha vuelto un lugar común para referirse con ironía a aquellos problemas o demandas que las elites del país no han sido capaces de percibir, transformando procesos sociales en fenómenos que parecieran emerger de la nada. Cabe preguntarse entonces, ¿cómo esta creciente sensación de inseguridad afecta la fortaleza de las instituciones democráticas de nuestro país?. La pregunta es válida, ya que aquellas sociedades que han experimentado aumento en la sensación de temor, inseguridad o violencia, han visto debilitadas sus democracias. Casos concretos son Estados Unidos bajo el gobierno de Trump y Brasil bajo el gobierno de Bolsonaro. Martha Nussbaum escribió en 2018 el libro “La monarquía del miedo. Una mirada filosófica a nuestra crisis política”, tratando de encontrar respuestas a la elección de un presidente con claro desdén frente a las instituciones democráticas como lo es D. Trump. Nussbaum percibía mucho miedo entre los ciudadanos norteamericanos, y veía que este sentimiento bloqueaba la deliberación racional e impedía la construcción colaborativa para un futuro mejor.

Los nuevos desafíos asociados a la sensación de inseguridad, tales como los que vivimos hoy, debilitan las instituciones democráticas, pues los ciudadanos no perciben que el gobierno y el Estado les provean seguridad, que es la principal función de éstas instituciones. La legitimidad de las instituciones se funda en la capacidad de respuesta que éstas tengan frente a las demandas y preocupaciones de los ciudadanos. No en vano todos estamos dispuestos a respetar las instituciones y cumplir las normas que hemos acordado, con la expectativa de sentirnos seguros en nuestra comunidad. Las políticas públicas, la legislación y las acciones del gobierno son por tanto fundamentales para dar legitimidad al sistema democrático.

El déficit de sensibilidad política (responsiveness) frente a las demandas de la ciudadanía debilita a las instituciones públicas. En un sistema democrático, la opinión pública sirve como regulador del actuar de sus autoridades. Estudios realizados por Victoria Murillo y Steven Levitsky muestran cómo la variación en la estabilidad y/o imposición de las reglas formales moldean las expectativas y el comportamiento de los actores dentro del sistema político. Por esta razón, no debemos dejar de poner atención en esta sensación de inseguridad, en el miedo, en la violencia. Debemos examinar de manera crítica cómo las instituciones públicas responden a las necesidades de los ciudadanos.

Una democracia estable se funda en instituciones fuertes, y si este tipo de instituciones responden a las preocupaciones de la ciudadanía, disminuyen la sensación de inseguridad y el temor. Por eso la urgencia de que el Gobierno, el Congreso, los partidos políticos y las organizaciones de la sociedad civil se pongan a la altura de este desafío. En un momento crítico como el que vive Chile, y el mundo hoy, estas decisiones requieren de mayor colaboración entre actores, de oportunidad, de base científica, de liderazgo integrador, de diálogo y de compromiso en el cumplimiento de expectativas. No digamos después, que no lo vimos venir.

 

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