El sabor del Agua




Era una mañana de verano, un día como cualquier otro, mis hermanos jugando alrededor de la piscina y mis papás conversando bajo la sombra de un quitasol. Yo, en cambio, estaba sentado en la cocina de mi casa, mirando un vaso con agua que me había servido unos minutos atrás. Lo contemplaba silenciosamente, observando cómo el hielo se derretía y las gotas de condensación caían y mojaban levemente la mesa.  Agarré el vaso y tomé un sorbo de agua, mi boca llenándose un sabor un poco amargo y dulce, el mismo sabor que sentía desde que era un niño.

¿Qué será lo que le da este sabor tan particular? ¿Por qué el agua en la casa de mis amigos no tiene este sabor? ¿Serán las cañerías de mi casa? ¿O los minerales de donde de donde esta viene? Bueno, la razón en verdad no importa, pues, personalmente, siempre me ha agradado. Me gusta decir que tiene personalidad, un sabor fuerte, un poco extraño, pero perfecto para mí.

Si bien, yo disfruto tomar de esta agua todos los días, no a todo el mundo le gusta el sabor. En preescolar, cuando invitaba a gente a la casa y les ofrecía un vaso de agua, al beberlo, siempre hacían muecas con la cara, arrugando los ojos y empuñando las manos, en ocasiones, hasta escupiendo el agua, como si hubieran sido envenenados.

Aunque, personalmente, me gustaba ver las reacciones de estas personas, después de un tiempo decidí que sería mejor dejar de hacerlo.  En mi colegio, y en las casas de mis compañeros, el agua prácticamente no tiene sabor, es desabrida y aburrida, sin nada en especial. Ellos están acostumbrados a tomar de esta agua tan ordinaria, y están felices haciéndolo, sin ganas ni deseos de probar algo diferente. Yo, en cambio, tengo miedo de convertirme en ellos, tengo miedo de estar satisfecho con lo que he probado sin siquiera saber lo que hay a la vuelta de la esquina.

Esa misma tarde, al darme cuenta de la situación en la que estaba, y de los sentimientos que tenía, decidí plasmar estas ideas en una hoja de papel, y luego, en una escultura. Un proyecto de arte fue el que nació aquel día, un trabajo que tenía, y sigue teniendo, la misión de destacar las variaciones que hay en los objetos que tenemos en nuestro entorno y el valor de estas diferencias.

Mi escritorio, sucio y desordenado, era el escenario de una guerra entre los instrumentos de moldeado y la arcilla, yo, en medio, dirigiendo este hermoso caos. El proceso, tan artístico como físico e ingeniero, se caracterizó por la atención a los movimientos naturales del agua y la forma de utilizar estos de una manera que comunicaran mi mensaje. Veía como las ondas y corrientes del agua bailaban en un video de referencia, con mis manos siguiendo los pasos y plasmándolos en la arcilla. Veo el reloj: 11:30 PM. Todavía tengo tiempo. Volviendo al trabajo, inserto un palillo en la arcilla y lo desplazo de un extremo a otro en una continuada y fluida acción, repitiendo el movimiento numerosas veces. Finalmente, después de unos días de trabajo, terminé cinco esculturas, cada una representando el agua y sus diferentes movimientos, patrones y colores de una forma particular.

El sabor del agua le entregó a mi casa una característica particular, algo que la hace especial, y es en este sentido que quería comunicar (por medio de la escultura) que no importa que tan común sea un objeto, un concepto, una idea, una opinión, el agua… Siempre se van a encontrar variaciones y diferentes expresiones de esta, cada una con características únicas. Siendo lo importante estar abierto a aprender de ellas, sin caer en la idea que por conocer una de estas versiones, uno no necesita el resto. Todos los días busco nuevos sabores de agua – nuevas ideas, nuevos conocimientos. Y cuando los encuentro, no tengo miedo de probarlos.

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