Empatía desde la administración pública, un enfoque necesario




En relación con el movimiento que vivimos en estos días y de no saber muy bien cómo se va a seguir desarrollando, es importante empezar a identificar medidas concretas mediante las cuales se puede avanzar a fin de abordar esa falta de empatía presente en nuestra sociedad la que, entre otras cosas, ha sido un gatillante del malestar que hoy se manifiesta. Ya que lo que está sucediendo, claramente es un batatazo para todos, desde nuestros distintos roles, desde como interactuamos y desde cómo aportamos en la sociedad.

¿De qué manera la administración pública y la oferta pública empatiza con las personas? Actualmente contamos con una oferta pública que esta absolutamente segmentada desde el diseño y asignación presupuestaria.  Por ejemplo, la política social y los programas sociales no tienen a la persona en su integralidad como foco, sino más bien, el objetivo de las políticas está centrado en cumplir con las metas e indicadores a los que están sujetos, para así poder acceder nuevamente a presupuesto. Lo que se convierte en un incentivo perverso que muchas veces hace ineficiente los programas que, sobre intervienen en algunos contextos y no llegan a otros más desfavorecidos.

Las personas no quieren más listas de supermercado con ofertones estandarizados, sino por el contrario, demandan medidas que sean aplicables a las necesidades de cada uno. Para eso requerimos, entre otras cosas, encontrarnos y escuchar. Mirar al otro, ver qué es lo que requiere y desde ahí generar oferta aplicable.

En términos territoriales pasa algo bastante similar. Los ecosistemas a nivel local existen, los actores a nivel local se reconocen en sus distintos espacios, son ellos los que conocen en primera persona cuáles son los dolores y los énfasis de cada comunidad y territorio. Pero nuevamente nos encontramos con que no existen incentivos para trabajar desde la comunidad, en clave territorial, en cuanto a la formulación de  políticas y programas públicos, los problemas se visualizan y se abordan de manera atomizada, por lo que los incentivos al trabajo incluyente son bajos.

En este contexto, el proceso de descentralización se presenta como una oportunidad de tomar la decisión de traspasar poder, ya que las problemáticas locales requieren de soluciones locales, junto a la potestad de administrar recursos que lleguen también a los municipios para que desde el nivel local, se puedan definir cuales serán las líneas de acción que se necesitan llevar adelante en sus territorios, y cuya formulación, prioridades y recursos, no pueden seguir determinados por el nivel central

 

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