En busca del acto educativo




Mirando el acontecer de la vida universitaria en el mundo privado, muchas preguntas surgen al repensar el acto educativo desde el pensamiento de Hannah Arendt. Una de las preguntas que nace como imperativo, ahonda en si es posible el acto educativo en una sociedad que comprende al educando como cliente, ¿se está “fabricado profesionales” o promoviendo sujetos generadores de actos humanos? Arendt señala que el acto humano es esencialmente humano por su capacidad creadora, irreversible e imprevisible. La acción de educar se da en la existencia del discurso, en el uso de la palabra, por tanto en la interacción en el encuentro con los otros.

Para comprender mejor esta reflexión se requiere precisar el concepto de educación desde lo etimológico, en su origen lo constituyen dos verbos latinos: “Educare” que significa acción de crear, nutrir e instruir y “educere” que implica orientar, guiar y conducir. Educar sería entonces un acto que sólo puede hacerse a través de una relación educativa, en que se pueden re-conocer sujetos en relación.

Según Arendt el acto de educar sería una actividad reveladora de la acción humana, y ¿qué implica entonces esta acción?, sería la trama formada por las relaciones humanas que existe donde quiera que los hombres viven juntos.

Ahora bien, en el sistema privado de educación profesional la tensión estaría en el descarte de la novedad, pero no como novedad, sino en aquello que la genera en cierto grado, evita el conflicto y la diferencia, el diálogo. Busca una armonía falsa y la transmite a través de la instrucción de “cierto tipo de conocimientos que mantienen el poder de unos pocos, de la cultura económica que domina, y el que maneja y domina ese conocimiento es respetado y considerado dentro del sistema. Entonces la acción educativa se vuelve instrucción para la sola certificación.

Aún consciente de que no se pretende, en el medio universitario privado la mera certificación como objetivo explícito, la influencia que tiene el sistema de mercado sobre él, en donde la sostenibilidad de la educación se juega en las ganancias que éste pueda producir, incide negativamente en el acto de educar y debilita su esencia.

La experiencia cotidiana en el aula, en un contexto que afirma que el educando es un cliente y por tanto, se le debe todo tipo de consideración en cuanto éste debe alcanzar la meta de profesionalizarse sin mayores conflictos, es ante todo un hecho que en sí no es negativo, pero conlleva acciones y decisiones éticas no menos importantes y que tienden a debilitar el proceso de educación.

El sistema universitario privado concibe el proceso como un negocio, por tanto, el hecho mismo de que el “cliente” (alumno, educando) cambie de rumbo y decida abandonarlo porque en el fondo se cuestionó, se conflictuó, es interpretado como una derrota y un “mal hacer” de parte de los educadores y de los que participan en el sistema. Si el objetivo de la universidad privada es mantener al “cliente contento” y no define el hacer educativo como el centro y eje de su misión, entonces la calidad educativa se debilita.
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Si bien en el encuentro del aula entre educandos y educadores es definido desde los sujetos presentes, el contexto institucional establece tensiones que conflictúan éticamente la relación entre ambos ya que prioriza el fin y no el proceso educativo. ¿Qué quiere decir esto? que lo esencial es que los estudiantes estén contentos y la lógica de ello es mantener un servicio de calidad, que sería en este caso educadores altamente calificados, pero a su vez y desde la lógica del alumnado, profesores que sepan responder a las demandas de éstos, ¿en qué sentido? en “facilitar el aprendizaje” en cuanto aliviar todo aquello que signifique un esfuerzo mayor para adquirir el conocimiento. Por tanto, según la experiencia personal, se mal entiende el concepto de mantener un adecuado clima de aprendizaje, con entregar todo tipo de facilidades que van en desmedro de promover una capacidad reflexiva del sujeto, de generar sujetos críticos, creadores, con iniciativa, que hagan uso de la palabra y no teman el conflicto.

¿Por qué incide el mercado en el acto educativo?, si anteriormente se comprendió este acto como un hacer humano, imprevisible, creador, que se da en la interrelación de sujetos, para lograr dar respuesta, necesariamente se tendría que reconocer la relación de poder entre educando y educador. En un sistema antiguo el educador era el que instruía, por tanto se basaba en un “ejercicio de poder” en donde el educador poseía la verdad y esta verdad era “vaciada” en los educandos.

Este tipo de ejercicio del poder, se ha criticado desde la ética ya que no reconoce al otro como sujeto, sino como un objeto receptor de ideas y no una interrelación constante entre educador y educando, en que cada uno narra la historia del otro. Como lo señalara Paulo Freire, nadie educa a nadie, se educa en comunidad.

Ante esta crítica surgen diferentes respuestas, las instituciones universitarias privadas, transfieren aparentemente el poder al educando, fundamentados en el hecho de que es este quien contrata un servicio y paga por él como establece el sistema económico imperante, un “cliente con derechos” y no como un sujeto que es parte del acto educativo, como un actor que entreteje la historia educativa, impredecible e irreversible, que prospera en el diálogo, respeto, confianza, credibilidad y libertad de los sujetos e instituciones con profunda vocación y responsabilidad social.

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