Ese color molesto




Mucho de lo que hemos dicho y debatido en este ultimo tiempo ha estado sobre dotado de reflexión. Lo digo por la cantidad de declaraciones llenas de furia, energía, rabia, desahogo, que hemos leído y escuchado desde el 18 de octubre del año pasado, que de alguna u otra forma han ido construyendo una narrativa difícil de descifrar.

La narrativa ha dejado espacio para un desahogo nacional abrupto, permanente, a veces sin sentido, a veces lleno de sentimientos reales, donde se declara que … “son tantas cosas que no se por donde empezar” o “porque estoy en la calle porque no podría estar en ningún otro lugar”. Para algunos, este ejercicio liberador, ha sido profundamente positivo para un alma nacional carente de espontaneidad y libertad, donde se ha permitido que las voces silenciadas por las desigualdades persistentes puedan tener no solo espacio, sino un eco que se escucha día a día, en barrios, calles y avenidas atestadas de gente queriendo escucharse.

Una oportunidad de construir un mañana diferente, dejando de lado el status quo, y provocando transformaciones sociales urgentes, para una sociedad azotada por la desigualdad y el clasismo. En este espacio reina el optimismo y la mirada de largo plazo, donde, no teniendo muy claro ni como ni cuando, se cree que será posible armar un proyecto social y político adecuado para los tiempos que corren.

Para otros, esta narrativa ha sido totalmente opuesta: un espacio de desafección con la cultura chilena tradicional, donde se le ha dado espacio a la violencia, al vandalismo, a la generación de un proyecto sin sentido común, que representan mas bien reclamos injustificados de lo que no tenemos, de grupos minoritarios controlados por el desorden y la barbarie. Frente a esto también han aparecido grupos de personas dispuestos a marchar por frenar el marxismo, por exigir que Chile vuelva a lo que era y a demandar un control social que erradique cualquier atisbo de cambio.

En estos dos extremos nos encontramos muchas personas que, sintiendo que este es un momento histórico, e identificando la necesidad urgente de hacer grandes transformaciones al Chile desigual y clasista de hoy, también siente preocupación por la sobrevaloración de la violencia permitida como un camino para lograr los cambios. En este sentido, es difícil navegar por estas aguas con honduras de esta magnitud, donde no quieres quedarte fuera de las transformaciones, pero quieres que este cambio para Chile fuera hecho en un contexto civilizatorio menos molesto para quienes rechazan las la violencia como medio de transformación.

Es difícil estar en el medio, es impopular serlo y declararlo, porque el concepto de amarillo emerge como una primera reacción, tiñiendo todo alrededor de ese color molesto que, al final, pareciera un castigo de los dioses situarte en el medio.  Y claro, es necesario tomar posición clara dado el momento que estamos viviendo, y esa posición exige estar en uno de los dos extremos.

La pregunta que se levanta es como se vive y se sobrevive aquellos que sí queremos un Chile con una agenda social más distributiva, menos clasista y mas comprensiva de un país diverso y problemático (en el buen sentido de la palabra), acompañado de una asamblea constituyente, que de garantías de representatividad, sin los parlamentarios de siempre, esas caras añejas que hemos visto por décadas, pero en un contexto que permita el diálogo y la valoración de las posturas diversas.  Como sobrevivimos aquellos que nos gustaría que la violencia no estuviera presente como herramienta de cambio en los barrios, comunidades y comunas, donde rampea el desorden y donde los habitantes se sienten sobrepasados, donde pareciera que las reglas son impuestas por el que tiene mas fuerza, y no por el que tiene autoridad, porque esa autoridad ya no existe más.

No es fácil la respuesta, pero es preciso, en cualquier caso, que la ciudadanía tome el control sobre los procesos de cambio que se están exigiendo, que los hombres y mujeres anónimos que salieron a manifestarse después del 18 de octubre lo vuelvan a hacer, con sus hijos y familiares, a exigir un Chile mejor, en paz y sin sobresaltos, que las mujeres sigan marchando por el Chile sin abusos, mas colectivo y mas consciente que los cambios no caen del cielo, sino que son construidos por decisiones y acciones que deben ser apoyadas por una mayoría ahora no silenciosa que quiere vivir en paz, en un país donde las transformaciones no sean solo un sueño.

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