La coherencia de Anita González




Fue una fiesta especial. Hubo cantos, danza y poemas. Llegaron ancianos, jóvenes y niños. Se lloró, se rió, se brindó, se teplaudió. Dos noches en vela en Cantares de Chile. Ese mañana del viernes 26 de octubre del 2018 decidiste partir de este mundo terrenal, tal vez cansada ya de tantos años de lucha y búsqueda de tu amada familia.

Hasta tu casa, la misma que dio cobijo a tantos y tantas en momentos de terror, pena y amargura, llegaron centenares de chilenas y chilenos que de todo corazón sentían tu partida. Te veías hermosa Ana González. Tu rostro, tus manos, tu pelo. Cada surco de tu cara dejaba ver los años de rigor que debiste enfrentar, pero algo más te cubría, quizás un manto, una estela, una luz que no dejaba de iluminar, pese que tu cuerpo ya descansaba y viajaba a algún lugar.

Y allí estabas, imponente como siempre, digna y consecuente, viendo pasar a cada uno de los que fueron a despedirte. Vinieron innumerables guardias de honor y nunca, en todo este velorio popular, estuviste sola.

Pero qué hizo que te ganaras el amor de tanta gente? Qué fue eso que vieron en ti y que se volvió un reconocimiento transversal al reconocer que eras un ser valiente? Como tantas otras mujeres, madres, hijas y esposas de detenidos desaparecidos, volcaste tu vida a la más noble de las causas: buscar verdad y justicia para tus desaparecidos. Y ese camino lo recorriste con hidalguía, con una sonrisa, con ese tan particular humor negro que siempre dejaba perplejos a quienes te escuchaban por primera vez.

Sin duda todos quienes llegaron hasta tu casa, desde la mujer pobladora, el cartero, los amigos de la feria, de la cuadra, de la escuela, la familia de sangre y la de la vida, los políticos, artistas, estudiantes, todos reconocían en ti aquello que hoy nos es tan ajeno, especialmente entre nuestros políticos: en ti encontraron consecuencia y coherencia.

Esa consecuencia y coherencia que hace actuar sin tranzar las convicciones, ese actuar de frente que va de la mano con la credibilidad. Esa consecuencia que en ti afloraba en cada conversación, en cada discusión. Esa particular forma de ser que la gente valoró, no solo porque tu causa era la de muchas y muchos, sino porque nos tocan tiempos en que todo se vuelve un negocio, todo es posible de tranzar. Esa actitud constante que hoy resulta tan ajena.

Necesitamos creer, confiar, proyectarnos en alguien que nos represente, tener proyectos que nos unan de verdad, por convicciones, no por conveniencias. Que emerjan quienes nos convocan tras una idea, un ideal, un sueño. Pero desde la sinceridad, desde la simpleza, desde el querer realmente tener y aportar para vivir en un mejor país. Ana y muchas otras fueron eso también, la esperanza latente después de haber vivido una de las más crueles formas de tortura permanente, la desaparición de familiar en manos de agentes del Estado, ese mismo que nos debe proteger.

Ana, en el mes en que se cumple un año de tu muerte, muchos agradecemos tu ejemplo y alegría para enfrenar el dolor. Gracias por hacerte de todos. Cómo hubiéramos querido que esta sociedad te regalara la calma en vida, la certeza de tener los restos de tus familiares y así, cómo siempre dijiste, vivir ese desgarro y poder “llorar a mares”.

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