La contingencia, la memoria y el futuro




El gobierno acaba de experimentar dos derrotas consecutivas. Dos de sus ministros han debido dejar el gabinete a causa de declaraciones que develan extremismo ideológico. Curioso que un presidente tan pragmático elija colaboradores con tan fuerte sesgo doctrinario. Más curioso es que se trate de “apuestas personales” del presidente, como consignó la prensa.

Antes de eso, la economía había causado desazón en el oficialismo. Curioso, en un terreno en que la derecha dice moverse bien pero que hasta ahora, salvo artificios mediáticos no ha podido solventar en la práctica. Dos reputadas firmas internacionales decían antes de las declaraciones de Rojas, que el deterioro fiscal parte en el primer gobierno del actual mandatario, y se sostiene luego. Esto es un golpe al mentón de una de las mitologías que el piñerismo construye desde la época electoral.

Lo que dicen las agencias internacionales, al menos estas dos, es que no hay inflexión, que nada distinto ocurre en la economía en cuanto a deterioro fiscal y crecimiento sostenido cuando ha gobernado la derecha en estos años. Situación que sus dirigentes han insistido en achacarle a la administración anterior.

Así las cosas, el gobierno ha debido a echar mano a su comodín en tiempos malos: la seguridad ciudadana.

Curioso también. En momentos en que el Ministro del Interior había logrado dar a luz un conjunto de acuerdos signados por un amplio abanico político en materia de modernización policial, fortalecimiento del sistema de inteligencia, seguridad ciudadana local, fiscalización y control de armas de fuego y coordinación entre los actores del sistema de persecución penal. En ese preciso momento se recurre al populismo instalando la agenda de migración en el espacio de la seguridad, con un exhibicionismo alarmante para cualquier democracia.

Estos zigzagueos parecen haber sido detonados por estudios del propio gobierno y algunas opiniones de empresas que sacan sondeos de opinión como si hicieran empanadas. Una reacción inentendible cuando el gobierno aun no completa la mitad del primer año. Si se sobre reacciona de esta forma, ¿qué se puede esperar ante crisis de mayor envergadura?

Es cierto, lo de Rojas sobrepasó los límites que el país hace tiempo se ha trazado en esta materia, y por ello una especie de consenso nacional sobre los derechos humanos se expresó a través de figuras del arte y la cultura, de líderes de opinión mediáticos y redes sociales, e hizo de la permanencia del breve ministro una cuestión insostenible. La buena noticia es que hay memoria.

Sin embargo, los otros episodios no se explican sin una desmedida ansiedad del ejecutivo por aparecer como un gobierno exitoso alejado de los espectros de su primer mandato. Sin embargo, sus reacciones lo están empujando hacia el lugar donde quiere alejarse.

La oposición, por su parte, está desarmada, salvo por algunas tímidas iniciativas parlamentarias. La Democracia Cristiana, la ex Nueva Mayoría (¿existe o no?) y el Frente Amplio parecen gozar más sus querellas internas que dando batalla política.

Ahora, en el primer año de oposición tampoco hay que pedir mucho en este aspecto. Aun se mantienen vivas las querellas de la última elección y hubo una derrota electoral y política.

Ni se logró construir una mayoría, ni las ideas que acompañaron a todos los candidatos y candidatas presidenciales pudieron convencer a los electores. Quienes votaron prefirieron un programa con un orden político detrás: una coalición, un programa, un liderazgo, como decía Bobbio. Por el otro lado hubo, al menos, tres programas, tres liderazgos, tres coaliciones y ningún mecanismo para resolver de manera consensuada y democrática las diferencias. No se puede hacer mucho más que restañar heridas y vislumbrar el futuro.

Ha surgido un debate de futuro, curiosamente una iniciativa electoral. El respaldo de algunos a la idea de segunda vuelta en las elecciones municipales.

Proyecto que siendo una idea bien intencionada consagra la división opositora. En una segunda vuelta, hay menos tiempo y ganas de superar las diferencias propias de toda campaña como acabamos de ver en la presidencial, habría más tiempo en una primaria, ley que quedaría como letra muerta de aprobarse la idea señalada. Si no, un candidato o candidata podría verse enfrentado a cinco elecciones: la primaria interna de su partido, la primaria de su coalición, la primaria entre coaliciones afines, la primera vuelta, la segunda vuelta. ¿Es esto razonable?

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