La cuestión del temor urbano




La percepción de temor nos conecta de forma instintiva con el sentido de supervivencia más básico del ser humano y por lo tanto se caracteriza por ser una emoción subjetiva.

El habitante urbano tiene la expectativa de vivir en una ciudad que garantice su seguridad básica y la de su familia como un derecho, así como el acceso a salud, educación, esparcimiento entre otros.

¿Qué ocurre cuando la ciudad no puede garantizar este derecho básico? En ese escenario el habitante urbano se adentra en el perverso circuito del temor que lo confronta de forma sostenida a la posibilidad de la muerte, desarrollando una especie de agorafobia donde el ciudadano se interna en sus edificios y al mismo tiempo esta sensación de temor hacia el espacio abierto se transcribe en el paisaje urbano hermético, que es al interior de la vivienda.

Ya lo definía Elizabeth Kübler Ross en su libro ‘Sobre el Duelo y el Dolor’ (Kübler, Elizabeth. 2016) que las etapas emocionales del ser humano previas a la muerte eran: negación, ira, negociación, depresión, aceptación.

En el espacio urbano, frente al escenario de conflicto como el que se vive en Chile desde el 18 de octubre, las fases del circuito perverso del temor son similares y subjetivas ya que las viven los habitantes urbanos dependiendo de sus realidades y herramientas internas.

Las dos primeras semanas, desde el 18 de octubre, muchos habitantes urbanos seguían en la fase de negación y shock frente a la violencia urbana, y pensaban que esta situación era puntual en el tiempo y que pasaría. Al pasar de los días y las semanas la fase generalizada de la negación ha dado espacio para la ira al reconocerse que lo que se veía como una crisis socio ambiental era más bien un profundo conflicto urbano multicausal, organizado y que no desaparecería sin dejar grandes cambios y estragos sociales, emocionales y ambientales en la población chilena.

La fase de ira tiene hasta el momento dos caras: los que han continuado vandalizando e introduciendo actos de violencia a manifestaciones por reclamos diversos y que se han postergado durante décadas y aquellos que se han armado para tratar de protegerse de esos “actos vandálicos” tanto a ellos como a su patrimonio y el de los demás ciudadanos, intentando gestionar esa seguridad que hasta el día de hoy el estado no ha sido capaz de restaurar.

Aparte de este panorama y tratando de regresar a la normalidad, destacan los actores que a través de negociaciones tratan de llegar a acuerdos que puedan encausar este proceso de transformación de Chile y que a su vez se logren, a través de estos, traducir las peticiones de los ciudadanos a hechos y modificaciones al sistema político y que den respuesta a los reclamos de sus habitantes.

Por otro lado están los ciudadanos que han entrado rápidamente en la fase de depresión y desesperanza, somatizando cuadros de crisis de pánico y otras enfermedades físicas, psicológicas, entre otras. No es difícil imaginar esta situación anímica, ya que para muchos, las movilizaciones se han traducido en pérdidas materiales, bajas de productividad en los negocios, incluso pérdidas de trabajo, sin dejar de nombrar a las personas afectadas por la violencia directamente así como las familias que han perdido a sus miembros por estos escenarios violentos. La ansiedad y la percepción de temor en Chile que solía ser alta para el tipo de delincuencia que existía antes de este panorama, ha aumentado significativamente después de los sucesos que se viven en la actualidad.

Proshansky y sus colaboradores ya en 1978, hablaban de la relación entre el medio ambiente y la psicología del ser humano, y cómo el estado del entorno afectaba directamente el ánimo de los habitantes. Ante esto no es difícil asumir que, en un panorama donde los espacios públicos han sido afectados como lo hemos visto hasta ahora, los negocios se han blindado para tratar de no ser saqueados y las fachadas de iglesias y monumentos nacionales afectados, el psique de los habitantes de Chile esté en un estado de depresión continuo.

Por último, también existen algunos pocos ciudadanos que están en la fase de la aceptación y la trascendencia, estado en el que ya aceptan que este país inició un proceso de cambio sin retorno, e inevitable.

Y es este último punto el que nos conecta nuevamente con la idea de muerte, cambio y transformación. ¿Cuál es el real temor que siente el habitante urbano? ¿Es la impermanencia? Saber que todo muta y que evitar el cambio es imposible. En este extremo escenario de cambio nacional ¿a qué nos aferramos entonces?

Pues la respuesta es simple; a nada del exterior, y si del mundo interno personal. El cambio de enfoque y la resignificacion que lo que ocurre es fundamental en la fase de la aceptación y trascendencia.

Es en este sentido que el complejo escenario por el que atraviesa Chile se conecta con la metodología CPTED.

La metodología CPTED de segunda generación nos plantea ese delicado vínculo y equilibrio que existe entre el paisaje interno y externo del individuo. En ese sentido la auto consciencia del paisaje interno es tan importante como la consciencia del entorno. El miedo se construye en la anticipación del futuro y la forma de combatirlo es poniendo la atención en el presente; en el ahora. Por eso ahora mas que nunca urgen las estrategias de autocuidado, de auto contención emocional y de ser posible estar muy conectados y cohesionados no solo con la familia sino que con las redes de apoyos que sean nutritivas emocionalmente y puedan aportar un soporte tanto material como psicológico.

Ya lo decía Eckart Tolle en su famoso libro ‘El Poder del Ahora’ que una de las estrategias más recomendadas para traer la conciencia al momento presente es respirar y meditar.

Finalmente cada habitante urbano decidirá en qué etapa del duelo del conflicto urbano quiere vivir… y cuánto eso le afectará a su calidad de vida; y por ende, si persiste en el circuito virtuoso de la creación de confianza comunitaria o se adentra en el nocivo circuito del temor urbano.

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