La Injusticia y la dignidad




El sacerdote Pierre Dubois, activo defensor de los derechos humanos en la época de la dictadura en la Población La Victoria, acuñó la siguiente frase: “No es suficiente afirmar que la justicia ‘tarda pero llega’. La justicia que no se ejerce cuando corresponde, ya es injusta”. Es tanto lo que se puede escribir respecto de esta frase, a la luz de lo que ha venido ocurriendo en las últimas semanas en nuestro país: después de 45 años la justicia condena a quienes asesinaron cruelmente a Víctor Jara; la Corte Suprema concede beneficios a siete criminales de lesa humanidad recluidos en Punta Peuco que obtienen con ello libertad condicional; el actor Alejandro Goic se retira de un set de televisión al verse expuesto a compartir con una entusiasta defensora de los que violaron los derechos humanos; la fiscalía regional de O’Higgins cita a declarar como encubridor de abusos sexuales al Arzobispo de Santiago.

Tantos hechos que parecen no necesariamente conectados, pero que muestran una dinámica donde la discusión respecto de lo justo, lo injusto y los límites de la dignidad en nuestra sociedad comienzan a ser puestos en juego. En este espacio interactúan los victimarios, las instituciones y las víctimas.

Respecto de los victimarios, muchos de ellos condenados muy tardíamente, y sin mostrar jamás ni un ápice de arrepentimiento ni colaboración eficaz con la justicia, es dable pensar que en los diversos ámbitos (caso Jara, Punta Peuco, Iglesia) hubo al menos una apuesta implícita por el paso del tiempo, que permitiera emerger el discurso de las “condiciones humanitarias” para quienes de vigorosos asesinos institucionales o abusadores pedófilos, pasaron a ancianos que merecen morir con dignidad. El manto del tiempo vuelve difusa la mirada de quienes solo ven el exterior y no entienden la gravedad y el profundo daño que estos crímenes generaron en sus víctimas, en sus cercanos, y en la sociedad entera. No hay arrepentimiento posible si no hay conciencia del daño realizado.

Las instituciones, por su parte, se mueven con una enorme inercia histórica y reaccionan de vez en cuando a las presiones contingentes. Cientos de columnas, declaraciones, proyectos de reforma y rediseño institucional, protocolos y demases, no pueden soslayar el hecho ineludible de que hubo por mucho, demasiado tiempo, una continua vista gorda, desidia o indiferencia, para asumir lo que correspondía hacer con valentía. La cobardía institucional, con la justificación que sea, es un obstáculo para la confianza ciudadana que tarde o temprano deberá ser abordado.

Sobre las víctimas, es imperativo reiterar que son las víctimas, que no pueden someterse a un olvido designado, que no pueden apurar ni finalizar procesos a gusto de quienes quieren dar vuelta la página, que no debieran ser expuestos a presentar “sus razones” para persistir. Las víctimas son y han sido ejemplo de dignidad y fortaleza, en su búsqueda de justicia, obligando a la sociedad a mirar de frente los abusos contra niños cometidos por sacerdotes, los asesinatos y torturas cometidos en dictadura, o bien enfrentando la indulgencia del medio ante quienes hoy festinan sus pérdidas y ensalzan a los culpables de ellas. El dolor de las víctimas, su camino, su conversación, su expresión en nuestro espacio público, es lo que permite al colectivo crecer, reflexionar, cuestionar, avanzar.

En la conversación respecto de la justicia en Chile, con los ejemplos de dignidad luminosos y los oscuros episodios de injusticia, se juega mucho de nuestro futuro: o elegimos hacernos cargo de nuestros demonios, o nos adormecemos continuamente en nuestra fiesta de matinal.

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