La irrupción socialista en la gran manzana




Su vida se ha convertido en un montaje cinematográfico de fama instantánea: su nombre salpicó, con aparición en el Late Show with Stephen Colbert, y un perfil en el New Yorker escrito por el editor de la revista, David Remnick. Alexandria Ocasio-Cortez tiene 28 años, nació en el barrio de Parkchester en el Bronx y vive allí ahora, en un modesto apartamento de una habitación. Parkchester fue originalmente una comunidad planificada concebida por Metropolitan Life Insurance Company y durante décadas estuvo segregada, predominantemente irlandesa e italiana. Hoy en día, es en su mayoría de afroamericanos, hispanos y del sur de Asia. Proveniente de una familia puertorriqueña en la que el sacrificio de los padres ha sido recompensado por el esfuerzo serio de su hija que obtuvo un título en economía y relaciones internacionales de la Universidad de Boston.

Tras derrotar el 26 de junio pasado en las primarias demócratas al cuarto hombre de la Cámara de Representantes Joe Crowley (con 20 años de ejercicio y 14 sin competencia), es casi seguro que Ocasio-Cortez se convierta en la mujer más joven elegida para el Congreso representando a la facción más de izquierda de los demócratas, el “socialismo democrático”, cuyo líder Bernie Sanders, mira con renovado optimismo como su ex jefa de campaña se abre paso entre la renovación del partido. Hace tan solo diez meses, ella atendía mesas en un lugar de tacos. En las Midterm elections del 6 de noviembre Ocasio-Cortez se enfrentará al republicano Anthony Pappas por el distrito NY14 – Queens-Bronx.

Ella definió su política en el pasado número de The Atlantic como una lucha por la “dignidad social, económica y racial“, además hizo que su rechazo a las donaciones corporativas y la dependencia de pequeños donantes fuera un grito de guerra para sus partidarios. Ocasio-Cortez y su círculo se centran menos en los maleficios de la Administración Trump que en la corrupción endémica del sistema estadounidense, en particular el papel del “dinero negro” en la política estadounidense y la falta de disposiciones básicas de bienestar para las clases trabajadoras y los pobres. De todos modos, y como era de esperar, junto con despertar expectativas, atrajo detractores: El Washington Post saludó su victoria con el titular “alerta roja”; Bret Stephens dijo en el Times que “Hugo Chávez también era un socialista democrático”.

Si tuviésemos que definir sus ejes, estos no distan mucho de lo que pudiese ser un petitorio socialdemócrata de postguerra, actualizando un alicaído Welfare State, a saber: Medicare para todos, colegio público gratuito, una garantía federal de empleo y una reforma de la justicia penal, sumado a una abolición de la agencia de Inmigración y Control de Aduanas, como señaló en el número de julio del New Yorker: “Hay mucho que es económicamente distópico en este país. Entonces esa es la razón por la cual las personas están abiertas al cambio “.

Sus reiteradas apariciones han despertado fantasmas comunes en la esfera republicana y los cuadros más históricos del partido demócrata, instalando un debate fecundo en torno al concepto de “socialismo”, no uno cualquiera, sino uno made in USA, lo que se traduciría en que las personas que dicen que son ‘socialistas’, están reaccionando contra un capitalismo desenfrenado. Para el cientista político Fox Paven, “hay volúmenes escritos sobre el trabajo histórico y teórico de los socialistas y sus críticos, pero no creo que eso sea lo que mueve a estos jóvenes. Se conmueven con la idea de un sistema económico moderado, restringido y regulado por los valores democráticos”. Además, agrega que “la mayor influencia de la izquierda radical en la historia de Estados Unidos es empujar a los liberales, progresistas, hacia la izquierda. Y ese va a ser el impacto. No creo que vamos a tener una transformación socialista de América”.

El debate, más que incomodar ha devenido en resorte secreto de la acción de la candidata del socialismo democrático, pues en palabras de su principal asesor Saikat Chakrabarti, “la derecha nos hizo un servicio llamando a Obama un socialista durante ocho años“, lo que podríamos traducir como lo que la gente llama hoy socialismo, es el republicanismo de Eisenhower.

Al debate se ha sumado la prestigiosa revista de la izquierda norteamericana Jacobin que en su edición de agosto señala: “…la espectacular rehabilitación del socialismo como una posición legítima dentro de la política estadounidense, particularmente entre los jóvenes, es uno de los desarrollos más significativos para el movimiento socialista en décadas”. No obstante el arduo intercambio, la victoria de Ocasio-Cortez se ha convertido en el espejo velado del propio presente de nuevas generaciones de votantes, constituyendo un estímulo para jóvenes, minorías, mujeres y muchos desencantados que han sido derrotados por el aparente dominio de Trump y las noticias implacables que genera.

 

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