La Pandemia Perenne




Más de dos meses que llegó el COVID-19 a Chile. Más de dos meses desde ese caso cero que  ha ido multiplicando los contagios exponencialmente, tal y como se sigue multiplicando y evidenciando la desigualdad en nuestro país y en el mundo.

Muchas universidades se prepararon para un período de semi presencialidad, adelantándose al esperado estallido social. Ninguna se preparó para la pandemia y sus dimensiones.

El 2020, fue presagiado por muchos como el año de los cambios, el año emblemático de la Revolución 4.0. Historiadores, economistas, académicos, sociólogos y empresarios filosofaron largamente en diversos formatos y plataformas sobre las nuevas habilidades que estudiantes y trabajadores deberían adquirir, los desafíos en material legal, educacional, laboral, sindical de esta carrera sin retorno donde el imperativo es sumarse al cambio para no caer en la obsolecencia, y subsitir, y ¿saben qué?, efectivamente hay mucho de cierto. Es innegable que hacia allá vamos y que esta crisis sanitaria acelera por sobremanera la necesidad de implementar la digitalización de modo transversal.

Para los que estamos en el mundo de la educación han sido sin duda dos meses intensos. Quien más y quien menos ha tenido que aprender de modo forzoso el uso de plataformas, metodologías pedagógicas y emocionales para contener y relacionarnos con estudiantes que aunque son nativos digitales, no tienen incorporado el hábito de estudio on line.

La sobredosis de pantalla nos ha saturado a todos y el encierro ha pasado la cuenta. A pesar de ello, y no ajena de pudor, debo decir que me siento privilegiada. Formo parte del grupo que tiene opción de quedarse en casa, puedo pagar internet y tengo una profesión factible de ejercer vía teletrabajo, además claramente de pertenecer a una institución que permite que así sea. Puedo llenar mi despensa y cuidar responsablemente de mi familia y de mí.  Como muchos, he trabajado por años para obtener estabilidad y a pesar de que nada me ha sido regalado, no puedo evitar sentir pudor por estar en una posición privilegiada en comparación con tantos chilenos. Estoy segura que no hice nada mejor que ellos, y a pesar de eso, hoy en día están cesantes, con familias a las que alimentar y exponiendo su salud y la de los suyos al salir a las calles con cualquier emprendimiento que les permita llevar el sustento a sus hogares. Muchos otros, ni siquiera tienen esa alternativa, tal y como no la tienen miles estudiantes que no cuentan con conexión a internet para seguir aprendiendo, ni tienen posibilidad de acceder a un computador…

La emergencia sanitaria, junto con las innegables secuelas económicas y sociales que se desencadenarán, unidas a la Revolución 4.0 no harán más que incrementar los niveles de desigualad, pero ellos, aunque preocupantes, no son lo más peligroso. El enemigo post COVID-19, es y será el mismo de siempre; el egoísmo, los intereses creados, la avaricia, la falta de empatía hacia los más desfavorecidos del sistema

Resuenan en mi mente las palabras de León Tolstoi “Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo” ¿Qué tenían en mente los que para evadir los controles terrestres tomaron un helicóptero para ir a pasar Semana Santa a la playa? ¿o aquellos que van a comprar marisco sin ninguna medida de protección para darse el tradicional “gustito”? ¿En qué mundo viven los 400 participantes de la fiesta clandestina de Maipú? ¿De qué le sirvió a Antonio Vieira, Presidente del Banco Santander en Portugal todo su capital, poder e influencias? ¿Acaso no murió igual de solo y aislado que  miles de europeos que no contaron con una digna despedida?

Tras dos milenios de evolución,  seguimos sin comprender hacia dónde caminar para construir una sociedad más justa, sin entender la importancia de involucrarnos y comprometernos con los cambios. Muchas son las políticas públicas que deberán implementarse para disminuir las brechas sociales acarreadas por décadas, y muy grande el compromiso e integridad política de quienes estén al mando  para llevarlas a cabo.

Si hay algo a lo que nos debe desafiar esta crisis, es a entender la interdependencia social,  la validación del otro, y a que no podemos seguir faltando el respeto a los más  vulnerables. Si hay algo a lo que nos debe desafiar, es a entender que no podemos seguir siendo la pandemia perenne de este planeta.

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