La perplejidad de la elite y la incapacidad del sistema político




Para qué vamos a decir que esto se estaba incubando, y que debíamos haberlo anticipado. Nadie habría podido anticiparse algo como lo que está ocurriendo. Y nadie lo hizo, y si lo hizo nadie lo escuchó. Partamos por ahí.

Prueba de ello es la falta de un discurso, tanto político como intelectual, que dé cuenta de lo que pasó, lo que está ocurriendo y lo que puede ocurrir. A ratos la falta de liderazgo, de comprensión y de asertividad de líderes de toda índole y colores da más bien la sensación de perplejidad. Estamos todos perplejos observando algo que no sabemos exactamente lo que es. Algunos hablan de rabia, de desigualdad, de violencia, de vándalos, de injusticia, de demandas legítimas, de delincuencia o de rechazo a las lógicas con que opera la racionalidad económica. La verdad es que son todos ellos lugares comunes que no logran articular un relato coherente que permita producir un consenso político con sentido de urgencia. Estamos tan perplejos que ni siquiera podemos decir que no sabemos lo que está pasando y que, en consecuencia, nos resulta difícil canalizar las demandas porque en definitiva no las comprendemos. Me aventuro a decir que, por primera vez en muchos años, no hay un diagnóstico (político) compartido ni claro de lo que está ocurriendo.

En este contexto de confusión, sería bastante aliviador escucharlo. Alguien que se sincere. Así de simple. Que alguien admita que no estamos comprendiendo del todo lo que está ocurriendo. Ese acto nos permitiría salir del estado de ceguera en que estamos, donde terminamos aislados y atrincherados en nuestra propia subjetividad. Ese acto, de humildad por cierto (vaya virtud), nos permitiría ni más ni menos que transitar a otro estado, aquel en que nos damos cuenta que necesitamos de los otros para producir uno de los bienes más preciado en estos momentos: un consenso amplio, robusto y creíble para utilizar la más importante herramienta de la democracia (la política) como forma de organizar y canalizar esta crisis.

Ahora bien, algunas cosas parecen estar claras y depender directamente del poder político. Está claro por ejemplo que los niveles de vida de los dirigentes políticos pagados por el Estado son muy superiores, en comparación a los del resto de la población. Eso, en sí, es la institucionalización misma de un régimen social y económico que, en un contexto de crecimiento débil, esta deslegitimado. Cuando crecíamos a más del 5%, el principio de legitimación del chorreo operaba al menos en la práctica (sobre todo cuando estábamos satisfaciendo las necesidades básicas para sobrevivir). Ahora, en un estado de mayor acumulación (desigual, por cierto), el goteo no basta para que los ciudadanos se sientan dignos e integrados.

Pero el problema no es sólo ese. Voy a tratar de ilustrarlo con un ejemplo. Ayer me llegó un Excel, construido por uno de esos tecnócratas que han pasado por las grandes escuelas mundiales de negocio, de esos que son parte del capital humano avanzado. Mostraba con evidencia confiable que, si se relaciona el salario mínimo con el precio del pasaje del transporte en Santiago, se llega a la fantástica conclusión de que tenemos hoy el precio relativo más bajo y conveniente del transporte público. Bajo esa lupa, ¿cómo puede ser que la gente esté descontenta? Esos tecnócratas toman las decisiones con esos Excel omitiendo, de una manera brutal (porque no tenemos los datos y no sabemos hablar nada más que de eso), que el ser humano en una economía como la nuestra, legitimada por el crecimiento, acumula una enorme cantidad de expectativas. Cuando éstas no son satisfechas y se lanzan frases de campaña como “los tiempos mejores” (aún incumplidos), se produce una frustración generalizada, luego una rabia colectiva y para terminar una violencia desatada.

Y justo en el momento histórico en que los chilenos tienen mayor bienestar (al menos según esas mismas planillas Excel) ¡Paradójico! Cuando la conducción y el liderazgo de este complejo estallido social está en manos de una clase política lejos de la vida cotidiana de todos los chilenos, que se alimenta por cierto de esas mismas planillas para tomar las decisiones, evidentemente que gobierna en un mundo paralelo (el de las planillas Excel, claro está).

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