La subjetivación de la desigualdad




“Cuicos/as por Avenida Vitacura caceroleándole

a un gobierno de derecha, nunca pensé que vería eso”

-twett de Elisa Forever 23/10/2019-

 

Algo nuevo ha emergido en la crisis chilena de los últimos dos meses. Como nunca antes y pese a la abundante evidencia, han quedado de manifiesto las hondas desigualdades que existen en el país y que, a lo largo de casi tres décadas, desde el regreso a la democracia, no han cedido de manera significativa. Es más, en algunos ámbitos como el sistema previsional, la calidad de la educación y la atención en los servicios públicos de salud, estas brechas parecen aún más intolerables para una porción mayoritaria de la población.

Las declaraciones del mundo empresarial han sido bastante inéditas en algunos casos. Andrónico Luksic, sorprendió tempranamente en redes sociales, proponiendo un ingreso mínimo no inferior a 500 mil pesos, testimoniándolo más tarde en sus propias empresas. Desde un rol más gremial el líder de la CPC Alfonso Swett ha sido un actor gravitante en el debate, reiterando la necesidad “de meternos las manos a los bolsillos y que duela”. En un claro intento por empatizar con las demandas sociales que se han expresado a lo largo del país.

Una reflexión interesante es la que propone el empresario Sergio Cardone, director de Falabella y presidente de Mall Plaza: “Chile, después de esta crisis, armará un modelo económico, centrado en la comunidad, que será imitado en el mundo”. Cuestión que es recogida más ampliamente por la firma de análisis canadiense BCA Research, quienes concluyen que nuestro país “está experimentando un cambio de paradigma desde un modelo económico neoliberal a un Estado de bienestar”.

Hay más actores que desde el mundo académico y productivo, están demostrando una sensibilidad frente a la desigualdad que no habían tenido antes. Se han atrevido a realizar planteamientos más de fondo, autocríticos y francos, que abren espacios para un nuevo consenso entre bienestar y crecimiento. Entre legítimas utilidades, precios justos, pensiones dignas y mejores condiciones laborales, entre otros.

Esta mayor sensibilidad frente a la gravedad de la desigualdad y su impacto en la vida cotidiana de las personas, se manifiesta de muchas formas y desde distintas posiciones en la sociedad. La TV abierta a través de sus matinales, un género frecuentemente criticado por sus contenidos superficiales, se atrevió esta vez a llevar las tensiones de la calle al set televisivo. No ha sido fácil, los propios animadores han debido enfrentar episodios controvertidos y han constatado en vivo y en directo, frente a las pantallas, las consecuencias concretas de familias que “no llegan a fin de mes” o de adultos mayores cuyas pensiones “simplemente no alcanzan para vivir dignamente”.

Habitantes de altos ingresos, ubicados en el sector oriente de la capital, han participado de marchas, caceroleos y manifestaciones espontáneas en calles y avenidas. La solidaridad intergeneracional ha puesto de manifiesto el drama de las bajas pensiones y el deterioro de la salud mental y calidad de vida en adultos mayores de todos los estratos socioeconómicos. Vehículos particulares han traslado espontáneamente a transeúntes en aquellas jornadas con poca locomoción colectiva. En varios edificios y condominios, los propios residentes han organizado turnos de vigilancia para que sus conserjes puedan regresar a sus casas antes del “toque de queda”.

Hay nuevas solidaridades en la superficie, abriéndose camino. Esta vez los cuestionamientos al modelo de desarrollo vigente en Chile tiene un carácter más transversal, es más diverso, integra a otros actores que tradicionalmente se resisten a un debate tributario o garante de derechos desde el Estado. Tiene una expresión institucional, pero también tiene una dimensión subjetiva.

Por primera vez, la demanda por más igualdad ha salido de las trincheras habituales donde ha permanecido durante décadas y ha podido colonizar, estratos sociales y sectores políticos que se habían mantenido al margen, que simplemente habían decidido “no ver”; “no escuchar”. La métrica de la desigualdad en Chile es contundente y a partir de esta crisis, muchas personas han resuelto empatizar con esas vidas que ignoraban, han interiorizado la urgencia de alcanzar más dignidad para nuestros padres y abuelos. Han subjetivado ese concepto abstracto y “politizado” de la desigualdad y ha emergido una sensibilidad que tiene la misión de construir una nueva síntesis entre crecimiento y bienestar.

 

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