Las democracias en América Latina: el desafío de instituciones fuertes




El año 2019 ha sido un año especialmente activo para las democracias latinoamericanas.  A la crisis política y humanitaria vivida en Venezuela, se suma el deterioro democrático en Brasil, la crisis institucional en Perú, y un escenario electoral en Argentina que ha abierto espacio a la incertidumbre y la polarización. Cuando se cumplen cuatro décadas desde que en 1978 se iniciara la tercera ola de democratización política[1] en la región, académicos, analistas y políticos comienzan a preguntarse –con bastante seriedad- sobre la fortaleza institucional de las democracias.

Norberto Bobbio señalo en 2003[2] que la democracia era un término con una connotación sumamente positiva, y que no había régimen –incluso siendo autoritario- que no quisiera hacerse llamar democrático. La democracia como sistema político ha sido predominante en el naciente siglo XXI, lo que aparentemente dejaba atrás una historia de populismos, democracias oligárquicas y revoluciones. Con convicción y entusiasmo ciudadanos y lideres pusieron esperanzas en que la democracia no sólo significaría libertad política y derechos civiles, si no que además abordaría las principales preocupaciones de nuestras sociedades, como eran la pobreza y la desigualdad. Estas expectativas fueron abordadas con mayor o menor éxito en los diferentes países de la región, sin embargo al iniciarse la década de los 2000 aparecen nuevos desafíos que han hecho más complejo el sostener la legitimidad que requiere una democracia consolidada.

Problemáticas como la corrupción, las nuevas desigualdades que van más allá del ingreso (género, tiempo, geografía, entre otras desigualdades), y una creciente sensación de inseguridad están poniendo a prueba diseños institucionales que han demostrado debilidad, tanto por sus deficiencias estructurales, como por la falta de capacidad del Estado para hacer valer las normas institucionales. Cuando esto sucede los ciudadanos perciben que la democracia se transforma en un sistema de baja intensidad. Es así que encuestas como Latinobarómetro[3], han venido destacando la pérdida de legitimidad de instituciones clave de la democracia como son los partidos políticos, los Congresos, los gobiernos, y cada vez más instituciones como las iglesias, fuerzas armadas o empresarios. Y como consecuencia, baja la participación electoral, lo que se transforma en un círculo vicioso que cada vez distancia más a la ciudadanía de las elites.

El llamado de atención es entonces a fortalecer las instituciones democráticas, lo que se logra normalizando prácticas que generen confianza interpersonal y con las organizaciones formales. La historia latinoamericana ya nos ha mostrado los enormes costos sociales de perder la democracia.

[1] Samuel Huntington se refirió al concepto “tercera ola de democratización” para explicar el proceso de expansión democrática que vive el mundo a partir de la década de los 70 del siglo XX , luego de los autoritarismos tanto en América Latina como en otras regiones.

[2] Bobbio, N (2009) Teoría general de la política. Madrid: Trotta.

[3] www.latinobarometro.org  

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