Las mujeres, en dictadura, se unificaron antes que todos




El rol de las mujeres en la dictadura, el plebiscito de 1988 y la recuperación de la democracia fue decisivo debido a varios factores, destacándose la organización que tenían en diferentes agrupaciones, juntas de vecinos, ollas comunes, centros de madres, agrupación de familiares de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos. Y, aun así, ¡las cúpulas eran lideradas por hombres y las grandes decisiones las tomaban ellos! Tal vez por aquello su participación ha sido menos relevada y me propongo destacarlo en esta columna pensando que hoy, en este octubre de 2018, le decimos que No a otros temas que nos mueven y nos hacen luchar diariamente con el ejemplo de ellas en nuestras cabezas y corazones.

El inicio de la dictadura provocó una transformación de la estructura política que permitió la emergencia de nuevas actoras y formas de organización, no obstante el peso de dos formas de subordinación: la dictadura de Pinochet y la dominación patriarcal en el hogar.

La Agrupación de Mujeres Democráticas creada al alero de las detenciones en el Estadio Nacional a poco del inicio de la dictadura, o Mujeres por la Vida en 1983 que se forma en respuesta a la muerte de Sebastián Acevedo quien se inmoló a raíz de la detención y  desaparición de sus hijos, y con una postura de raíz feminista que nos interpelaba con el lema “democracia en el país y en la casa”, las Coordinadoras de Mujeres de Antofagasta y San Fernando, quienes se reunían en las afueras de las cárceles a demandar información sobre sus esposos, hijos, hijas embarazadas y compañeros detenidos, fueron una muestra de cohesión por un objetivo dolorosamente común.

Sin duda, la recuperación de la democracia fue una acción conjunta de los movimientos de mujeres. Fue una demanda política y por sobre todo ética de las mujeres de izquierda, feministas y defensoras de los derechos humanos.

Estas muestras de co-construcción y trabajo conjunto que se manifestaban a través de la organización masiva en un primer acto público un 8 de marzo de 1978, eran totalmente contrarias al rol que la dictadura nos pretendía asignar e instalar planteando que éramos “un potencial freno a la protesta, a la movilización, a la rebeldía, tanto suya como de quienes la rodean, ante el temor de perder o ver sufrir a los suyos” (Valdés, 1987:11).

El CEM (Circulo de Estudios de la Mujer) fue un espacio de análisis y difusión integrado por un grupo de profesionales que funcionó activamente entre 1979 y 1983 organizando encuentros y debates, talleres, cursos, charlas y seminarios con énfasis en la coyuntura política y el feminismo que se instalaba, para quedarse, con Julieta Kirkwood a la cabeza formulando e implementando un programa docente de orientación feminista. En 1983, cuando se lleva a cabo la 1° Protesta Nacional, se refunda el MEMCH como una instancia coordinadora de todas las organizaciones de mujeres de la época, liderado por Elena Caffarena y Olga Poblete.

El despliegue del lienzo “Democracia ahora, Movimiento Feminista” en el frontis de la Biblioteca Nacional y el entrañable acto en el teatro Caupolicán, convocado por las “Mujeres por la Vida”, con las consignas de “NO+” y “La Libertad tiene nombre de mujer”, marcan un antes y un después que fortaleció e instó al movimiento a seguir adelante a pesar de todas las agresiones y detenciones.

Ya en abril de 1986, se incorpora el movimiento de mujeres a la Asamblea de la Civilidad donde el “Pliego de las Mujeres” se anexa al gran documento “La Demanda de Chile”. Con una mística épica se instalan en 1987 las MIEL (Mujeres Integradas por las Elecciones Libres) quienes compartían su preocupación por “el futuro del país y su rechazo a la Constitución de 1980”, y plantean la urgente necesidad de “elecciones libres y limpias” invitando a las mujeres particularmente a inscribirse en los registros electorales.

Todo este trabajo desplegado en esos años duros, oscuros y llenos de miedo tomó un color distinto con las mujeres organizadas y con voz saliendo a la calle.  Nosotras, las más chicas, íbamos al lado admirándolas, imitándolas y queriéndolas por la valentía, la consecuencia de su discurso y su accionar para no solo recuperar la democracia sino exigir justicia para todas y todos los desaparecidos y ejecutados, por las persecuciones en las poblaciones, el hambre, el desempleo y un aspecto poco abordado en relación con la violación de derechos humanos: la desaparición de menores de edad, detenidos junto a sus padres o nacidos en prisión.

Tengo un pensamiento que dice relación con que la transición a la democracia iniciada el 5 de octubre de 1988 no habría sido lo mismo sin la participación de las mujeres y su sentido de urgencia, reflejado en cada una de las instancias a lo largo de toda la dictadura donde exigían respeto a la vida, a la dignidad y a los derechos humanos. Y también las demandas propias del feminismo como la igualdad ante la ley respecto al régimen de sociedad conyugal, participación equitativa en la toma de decisiones políticas, trabajo con salarios dignos y educación para todas y todos. ¡Como verán los mismos temas por los que seguimos bregando día a día, lo que significa que tenemos que mover la aguja más rápido!

Las mujeres en Dictadura no pedían nada más y nada menos que “Democracia en el país y en la casa”. Hoy, a 30 años, agregamos “y en la cama.”

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