Momento Constituyente




Mientras en París la muchedumbre reclamaba contra la miseria generada por las políticas reales y los privilegios de la nobleza. En Versalles (específicamente en la sala de juego de pelota del célebre palacio real), el vizconde de Mirabeau, en la reunión de los Estados Generales, pronunciaba el famoso juramento de que “o saldrían con una constitución para Francia o los sacarían a punta de bayoneta”. Los Estados Generales, en ese momento constituidos en Asamblea Nacional, avizoraron que el quiebre social que se daba hacía necesario una nueva arquitectura institucional, el pacto de autogobierno que sostenía al monarca borbónico ya había fracasado y la ilegitimidad del régimen podría llevar al país a la ruina.  En el fondo lo que existió ahí, y que fue muy bien leído por Mirabeau, fue lo que se denomina un “momento constituyente”.

En efecto, los momentos constituyentes son tan antiguos como las sociedades mismas. Cuando el deseo y la potencia colectiva buscan romper el orden establecido y pasar a una nueva etapa de autogobierno se produce un momento constituyente, El acto humano y colectivo de fundación política aparece en ese instante, es así como el mito fundacional romano de la Eneida es la que formó Roma y como acto del hombre dejo abierta siempre la opción del cambio institucional radical, así la rei publicae constituendae era reconocida a diversas instituciones romanas.  Luego Marsilio de Padua nos presentó este acto constituyente soberano como el nacimiento de un animal, por lo que siguiendo al paduano podemos considerar el “momento constituyente” como el acto sexual y el embarazo, siendo este el proceso de incubación y generación del pacto fundamental. Posteriormente, Thomas Jefferson representó este poder inalienable del pueblo a autogobernarse como el poder de los vivos contra los muertos, el espacio siempre disponible del pueblo para imponerse sus propias instituciones.

Claramente lo que sucede en Chile no puede compararse de manera exacta con la Revolución Francesa o el mito fundacional de Roma. Sin embargo, la expresión ciudadana y el estallido social ocurrido desde el 19 de octubre pasado representan el cenit de un momento constituyente que se inició lentamente a partir de las protestas estudiantiles de 2011, pasando por los fenómenos sociales regionales de Aysén y Magallanes y por la campaña de marca AC. Los signos de agotamiento del ciclo constitucional autoritario de la carta pinochetista de 1980 son evidentes y no solo son percibidos en manifestaciones sociales, sino que también en fenómenos institucionales como la reciente disputa entre la Corte Suprema y el Tribunal Constitucional o el bloqueo causado por las leyes de Quorum Calificado. Nuestra Constitución actual establece un sistema económico, político y moral que se encuentra totalmente en desacople de la opinión de la mayoría de los chilenos. Leyendo cualquier encuesta uno encontrará una desconfianza ciudadana hacia prácticamente todas las instituciones públicas y privadas (con honrosas excepciones como bomberos, las radios y Fonasa. De más esta decir que ninguna de esas instituciones tiene origen constitucional), lo cual reafirma la existencia de una crisis político constitucional severa.

Ante tal crisis, hemos visto a una pléyade de líderes políticos, eclesiásticos, sociales y empresariales llamar a la construcción de un nuevo “pacto social”. Pero, ¿a qué pueden referirse con la noción de pacto social? Me parecería un poco fuera de lugar que se refirieran a ese hipotético contrato social de Rousseau o Locke. Sino, me parece que, a lo que efectivamente se refieren es al mecanismo por excelencia que tienen los pueblos para pactar la forma de autogobernarse, limitar el poder de sus gobernantes y garantizar sus derechos: Una Constitución (en este caso una nueva constitución). Resulta evidente, que el carácter totémico de la Constitución como el símbolo de nuestra vida en común lleva a que su escasa legitimidad popular produzca un sistema político incapaz de lidiar con las demandas ciudadanas y de generar confianza en los gobernados.

Cabe preguntarse, ¿Por qué las elites temen de hablar de cambio constitucional y hablan de pacto social?, ¿no es acaso una instancia democrática y participativa como una asamblea constituyente el lugar preciso para definir un nuevo pacto social e institucional? Hay que despejar los mitos que hacen temer a la elite. Una asamblea constituyente, bien hecha, será el espacio propicio para construir un acuerdo donde todos los sectores políticos y sociales sean escuchados, donde se pueden sincerar nuestras diferencias y consolidar las coincidencias, donde se puedan dar instancias de decisión colectiva y hacer sentir al pueblo parte de la construcción de su pacto social. Por el contrario, si el pacto social que quieren es una escenografía política de acuerdos específicos tomados por líderes políticos de espaldas a la ciudadanía, podemos solo concluir que no han sabido entender lo que se dice en las calles, los hogares y las redes.

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