Mujer, maternidad y el futuro de un país




A propósito del 8 de marzo 2020 quiero enfocarme en las mujeres y la maternidad.

En mi experiencia personal, así como miembro de una fundación que apoya a madres en duelo, día a día me sorprende el trato displicente que recibimos las mamás por parte de quienes nos rodean, en momentos de fragilidad.

La pregunta del por qué, si la existencia de la humanidad depende de la maternidad y aquella se compone en un 50% de mujeres, tanto esa realidad como ellas mismas, han recibido un trato desigual y descuidado durante siglos, sigue para mí inconclusa y no pretendo abordarla aquí. Pero sí, compartir algunas impresiones surgidas a partir de ella.

La primera apunta a la desnaturalización de la maternidad, como consecuencia de la forma de vida moderna que llevamos en ciudades como la nuestra: una vida sin tiempo, atomizada, secuestrada por el trabajo, donde criar se ha convertido en un desafío inaudito. Los efectos que estos rasgos tienen en la vida de las “mujeres madres” -concepto acuñado por fundación Emma, que lucha para que la maternidad no eternice o lleve a la pobreza a mujeres y sus hijos- son tremendos, pues conducen a lo que en las redes sociales se señala como “la soledad de las madres”.

Madres criando solas, en ciudades llenas de gente. Una soledad, que ha hecho famoso entre ellas el dicho africano “para criar se necesita una aldea”; justamente en la constatación de que hoy más que nunca las arduas tareas de la crianza se enfrentan en solitario. Ya no hay tribu o aldea donde se comparta esa labor, quizás la más importante de una sociedad para tener habitantes sanos física y mentalmente.

Las redes familiares muchas veces no existen, las abuelas están lejos o trabajando, los padres llegan tarde y algunos aún no comparten las tares domésticas y/o de crianza. Los barrios no están pensados para congregar, la falta de áreas recreativas es evidente y ni hablar de los problemas habitacionales. Nada está pensado para criar, nada está pensado para hacer comunidad.

Esta soledad es reflejo de una sociedad que olvida que la mujer que se ha convertido en madre recientemente, es una persona en “estado de necesidad”, esto es, que requiere de apoyo especial en esta etapa de vida, pues está a cargo de otra persona que requiere completa atención, las 24 horas del día. Esta condición es la que, dicho sea de paso, se reconoce en los derechos de posnatal, que otorga el Estado. El problema es que no basta con darle una licencia a la madre, para que se quede en casa y pueda encargarse del hijo/a, pues la necesidad que ella vive va más allá de no tener que trabajar fuera: es en su casa donde experimenta el estado de necesidad. La evidencia en salud mental perinatal y materna asegura que una madre nunca debiera criar sola. La carga física, mental y emocional es tal, que una mujer que pasa la mayor parte del tiempo sola con su bebé o hijos pequeños sin recibir apoyo concreto, no es raro que caiga en depresión o pueda maltratar o hasta cometer violencia intrafamiliar. Más adelante, cuando la mujer debe volver a trabajar, la tarea no se simplifica, ya que la carga laboral se suma a las anteriores.

Así, no es de extrañar una baja tasa de natalidad. El que no tengamos o tengamos menos hijos que antes no se debe solo a que las mujeres decidamos postergar la maternidad por planes personales, sino también al cómo se vive la maternidad y cómo el contexto acoge/dificulta esa opción. La situación actual claramente no la facilita. Lo comprueba el aumento de mujeres que toman medicamentos para no colapsar mentalmente. Lo que debiera ser una tarea natural (aunque nunca fácil) hoy implica un esfuerzo desmedido. Haga el ejercicio y pregunte a su alrededor: cuántas no/hemos debido recurrir a ellos. Se sorprenderá. Si las cosas no cambian, la tendencia a la baja continuará. Ahora, si el futuro del país nos importa, debemos abordar la sobrecarga de las madres.

En esta línea, una segunda reflexión invita a repensar aquella meta política que postula “los niños primero”, surgida al conocerse la realidad del SENAME. Esto, no porque esté errada, sino porque omite la diada “madre-hijo” como base elemental del desarrollo infantil. Si queremos que los niños estén bien, debemos cuidar a sus madres, “si protegemos a las madres, protegemos a los niños”, plantea el psiquiatra Boris Cyrulnik. No podemos separar las políticas pro infancia de las de la mujer, así como las políticas para mujeres deben atender las necesidades que conlleva ser madres. Y en mayor amplitud, toda política pública debiera estar cruzada por la preocupación por ellas. No bastan posnatales que las dejen solas. Se requiere implicar al padre en cada instancia. Se requiere planificación de ciudades y políticas laborales en miras a esas madres y los niños que están criando. Solo así, mejoraremos como país.

No por nada, la frase del poeta inglés sigue resonando hoy, al afirmar que “la mano que mece la cuna, es la mano que gobierna el mundo”. A ellas, no las podemos seguir dejando solas en tan relevante labor.

Síguenos