No fue sólo lo que no hicimos, sino lo que no sentimos




Desde el 18 de octubre a la fecha nos hemos visto inundados de columnas de opinión, papers, y hasta libros escritos con premura tratando de explicar el porqué de este “estallido social”. Incluso algunos han desempolvado antiguos escritos en que desde hace tiempo señalaban que, se estaba generando una fractura producto de una enorme desigualdad, no sólo en términos de ingresos, sino también en términos territoriales y de acceso a bienes y servicios, como una especie de acumulación de energía que, al igual que en el caso de los terremotos, se sabe que ocurrirán, el problema es que no sabemos cuándo ni con que magnitud.

En la búsqueda de estas respuestas hemos leído quizás como nunca, una larga y sustantiva lista de políticas públicas no realizadas, o realizadas parcialmente. Hemos buscado en el modelo económico muchas de las respuestas del descontento, y hemos repasado una y otra vez las acciones u omisiones de la clase política y de los Gobiernos en cuanto a los numerosos déficits que se han relevado el último tiempo. Todo lo anterior desde una mirada técnico – política del deber ser-  versus lo que “en la medida de lo posible” se fue capaz de hacer. Pero a mi juicio no todas las respuestas están ahí, ya que no sólo debemos analizar lo que no se hizo, o lo que se postergó, sino más bien y por sobre todo, lo que no sentimos, y cuando digo sentimos, me refiero a la capacidad de la política y de los políticos de empatizar con la realidad de los ciudadanos en sus más diversas expresiones, no es lo mismo lamentar o analizar tecnocráticamente el tema de los flujos en el transporte público que subirse todos los días al metro o a una micro con problemas de aglomeraciones, falta de aire, malas conexiones y a un precio que impacta de manera fuerte en un ingreso que, en promedio en Chile, no es más de $500.000.

No es lo mismo discutir de salud pública no sólo por la de falta de especialistas o de insumos, sino también, por la calidad de la atención que reciben los pacientes de FONASA desde un escritorio, sabiendo que mi urgencia podrá ser resuelta en una clínica del sector oriente, porque tampoco es lo mismo, hacer gárgaras con la educación pública, cuando mis hijos van a colegios particulares. Con esto no estoy diciendo que las experiencias haya que vivirlas para estar capacitado para analizarlas, estudiarlas o para generar políticas públicas, lo que planteo es que nos volvimos prisioneros de los promedios, de los porcentajes, de las cifras de inversiones mientras dejamos de reparar en la experiencia vital de la mayoría de los Chilenos, lo que además se ve exacerbado con los privilegios de las elites y su falta de sintonía con las prioridades de una ciudadanía replegada a su metro cuadrado producto de múltiples factores, entre ellos, la falsa promesa de que sólo mediante el esfuerzo las personas salen adelante, sumado a que de manera consiente o inconsciente la democracia, a partir de los 90 se fue construyendo dejando en el camino la base social informada, unida y preocupada de la cosa pública, que tuvimos particularmente toda la década del 80.

Para generar el tan famoso y comentado “Pacto social” no basta con discutir incrementos en pensiones, salud per cápita u otros, si bien aumentar los beneficios es central, lo que realmente convertirá este esfuerzo en un pacto y no en la sumatoria de políticas sectoriales, es la capacidad de la clase política, del gobierno y de la oposición, de generar acciones y mecanismos que den cuenta de una real voluntad de que todo aquello que se haga, se diseñe y se implemente, se construya valóricamente desde las vidas de los ciudadanos, de una mirada acuciosa de sus trayectorias, de sus biografías y también de sus esperanzas y no sólo desde la proyección matemática, donde al final del día nos medimos por porcentajes y cifras, y no sobre estándares de calidad,  de felicidad y de cohesión social.

 

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