NO LO VIVÍ, PERO LO RECUERDO. Y LO RECUERDO PARA PENSAR EN EL FUTURO




Cada 11 de septiembre es una nueva oportunidad para resignificar el ejercicio de nuestra memoria histórica como sociedad. Hoy, a 45 años del golpe y a 28 años del fin de la dictadura cívico-militar, esta fecha se conmemora en un ambiente enrarecido, donde algunos pretenden relativizar o negar los crímenes de la dictadura, y otros se justifican diciendo que aquel golpe nos libró de una “dictadura comunista”, o peor aun, algunos dicen que el bombardeo a La Moneda “era necesario”. Ya no son aceptables este tipo de declaraciones. Tenemos la obligación moral de luchar por establecer un nuevo sentido común que respete irrestrictamente los Derechos Humanos, sin importar cuándo ni dónde.

Peligramos cuando se hacen mañosos intentos por relacionar las condiciones políticas, económicas y sociales previas al quiebre de la democracia en 1973 con el encarcelamiento, tortura, desaparición y muerte de personas durante 17 años; cuando la Corte Suprema libera a condenados por ejecutar estos crímenes, o cuando en el Congreso Nacional en este mismo 2018 hay personajes que tratan de “terroristas con aguinaldos” a las víctimas de violaciones de Derechos Humanos del régimen de Pinochet, y también cuando se valora la consecuencia de quienes han defendido “la obra” de la dictadura, como si la consecuencia en ese ámbito fuera un valor en sí mismo.

Hoy más que nunca, en este ambiente enrarecido, este 11 de septiembre debemos hacer frente a estos brotes negacionistas que no solo faltan a la verdad histórica, sino que ofenden a la memoria de miles de personas y sus familias, que fueron y son víctimas de unos de los periodos más oscuros de nuestra historia. Esa ceguera y falta de sensibilidad es nuestro obstáculo hoy, y –en tiempos de posverdad- no debemos permitirles seguir avanzando.

Los Derechos Humanos no deben ser un comodín para discursos políticos, ni tampoco son patrimonio de un sector en particular. Los Derechos Humanos deben ser parte del nuevo estándar desde donde se fijan las posturas de quienes forman parte de una sociedad, desde donde se dialoga y se piensa el futuro. Pensar distinto es inherente a vivir en un colectivo, pero debe ser bajo un mínimo con el cual todos estemos de acuerdo. A eso debemos apostar, a que las nuevas generaciones no duden en condenar dichos y hechos que vayan en contra de esta aspiración.

No viví esa fatídica fecha del 11 de septiembre de 1973, pero crecí en dictadura. No fui testigo directo de la masacre, pero sí me envolví en un ambiente plenamente consciente de los crímenes del régimen de Pinochet, y donde el ejercicio de recordar a quienes no estaban se transformó con el tiempo en una práctica que nos definía como personas.

Porque no se trata de si lo vivimos o no, de si fuimos protagonistas o testigos de la época más brutal en la historia de nuestro país, sino de reflexionar sobre lo que nunca más queremos que se repita en Chile. Porque no se cerrará esta herida mientras no se sepa toda la verdad ni se haga plena justicia. Porque al recordar estamos ejercitando la memoria, y al hacerlo podemos mirar soñar con ese futuro donde mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre –y la mujer- libre, para construir una sociedad mejor.

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