¿Por qué pensar en género en las políticas sociales?




Sin duda esta discusión ha atravesado históricamente nuestra sociedad y la construcción de ella, pero ¿por qué debemos hablar de género?, ¿cuál es la importancia de ello?, ¿qué o cuál es el aporte principal?, la verdad que mucho más de lo que podemos imaginar. La discusión entre lo femenino y masculino ha atravesado toda estructura en nuestra sociedad, instituciones y Estado, omitiendo que somos parte de la misma esfera y construcción, y del mismo invento.

Existe algo que no hemos sido capaces de entender y nos hemos quedado en la facilidad que nos otorga nuestra posición de hombres, siempre y cuando cumplamos todas aquellas condiciones que el patriarcado nos imponga como hombres -prestigio, proveer, proteger, procrear, en el momento que una de ellas no se cumpla, nuestra condición de hombre de masculino e hijo hecho a imagen y semejanza de Dios se derrumba y somos cuestionados, expulsados de una sociedad machista y cuestionados en nuestra perpetuidad del patrón.

Aquella libertad e igualdad entre hombres y mujeres, hoy está fuertemente cuestionada por una sociedad, que observa como nuestro sistema educacional es sexista, también nuestros medios de comunicación, la publicidad, las instituciones y la política pública las ahoga, las forma y las subyuga a un rol determinado y en un espacio indicado el cual es la familia, el cuidar a otros en un espacio privado o vincularse a un insipiente mercado laboral, lo que finalmente se traduce en una doble jornada laboral, nada cercano a una naciente equidad de género.

¿Dónde está la equidad de género en todo esto?, la verdad que, en toda nuestra estructura social, seguimos mayoritariamente pensando que cuando hablamos de género lo hacemos diferenciando entre hombres y mujeres, como un modelo estándar y binario de mujer y hombre, cuyos patrones de comportamientos, sistemas, instituciones, conceptos y normas nos hacen identificar una sola forma de ser hombre cuyo espacio o esfera es lo público y una mujer cuyo espacio es el privado.

Esta desigualdad ha logrado construir movimientos que han ido derribando dichos privilegios, pretendiendo una igualdad, un equilibrio real de poder y participación de la sociedad, que sea lo más real en todos los ámbitos, puesto que lo único que determina sus diferencias, son sus opciones individuales sobré qué y cómo desarrollarse. Más allá de los movimientos, existe una realidad cultural y estructural que no hemos podido permear, esa indolencia sobre la cual se tratan los temas que tienen que ver con las dificultades que las mujeres tienen para insertarse al mundo laboral, previsión social, la maternidad, la generación de competencias, ingresos autónomos, educación y profesionalización por nombrar algunas.

Es importante analizar cómo estos patrones han sido y hecho de nuestra sociedad, un escenario perfecto para la imposición, el ejercicio de roles, atribuciones y una distribución desigual de oportunidades, derechos y responsabilidades. La familia es un caso perfecto para poder analizar cómo estos patrones se ejercen, pero a la vez en su doble ejercicio se crean, mutan y traspasan.

Las mujeres son la cara visible de la pobreza en Chile, por cuanto acumulan una gran cantidad de desventajas comparativas respecto de los hombres, principalmente en lo relacionado con el acceso al trabajo, atención de salud, el cuidado de los hijos, y el uso del tiempo. Respecto de esto último, Arriagada (2005) señala que es un factor clave para entender la pobreza y su relación con el género, y esto se debe principalmente porque parte importante de ese tiempo, las mujeres lo dedican al trabajo doméstico (que no es valorizado monetariamente ni compartido), pero que, en términos de tiempo, resulta ser que la jornada de las mujeres es más larga que la de los hombres.

A partir de lo expresado anteriormente, y desde el retorno a la democracia vemos un Estado un poco más comprometido, primero en entender cómo eran estas diferencias y cómo establecer mecanismos que permitan reducirlas, donde la prioridad era abordar principalmente temas asociados a la violencia, ingreso al mercado laboral. Al pasar de los años dichas demandas fueron complejizándose aún más y evidenciando un realidad que era mucho más cruda y profunda, ya no se trataba de una inserción al mercado laboral sino las condiciones en las que se integraban y en ello hemos puesto nuestra atención, de manera que las mujeres puedan incorporarse y participar también en espacios de deliberación o presentación a cargos públicos, que abracen sus habilidades de manera que se reconozca que pueden realizar la misma labor y participar de los mismo espacios sean laborales, poder u otros, dado que no es un tema de competencias sino de roles heredados, estructuras masculino-complacientes que necesitamos derribar.

Sin embargo, curiosamente resulta ser un juego de niños caprichoso por parte del Estado, te doy y te quito a la vez, vemos un Estado envejecido que no es capaz de tratar las desigualdades en su fondo, dado que en ningún caso estos instrumentos significan una posible equidad. Si analizamos la incorporación al mercado laboral de la mayoría de las mujeres en nuestro país, termina significando una jornada adicional, dado que el cumplimiento de labores de cuidado y/o domésticas culturalmente heredadas siguen siendo su responsabilidad.

Programas de cuidado, a propósito del sistema nacional de cuidados (en discusión), donde la principal población beneficiaria son las mujeres, siendo ellas las encargadas del cuidado de niños, adultos mayores, dependientes o enfermos ¿Dónde está equidad de género en ello?, pareciera que finalmente sólo contribuye a ratificar con mayor fuerza que el cuidado, la protección y bienestar de otros dependen intrínsecamente de la mujer. Confirmando que las mujeres son estratégicamente importantes y necesarias para ese sistema capitalista imperante.

Es preciso entonces, qué comencemos a hacer cargo con mayor profundidad de estas desigualdades, a intervenir en lo que nuestros infantes están aprendiendo en sus establecimientos y como se les encasilla bajo ciertos patrones que cada uno de ellos debe cumplir. Nuestro país tiene la obligación de formar a los formuladores de políticas sociales con el fin de derribar todo forma y efecto de dominación que se ejerzan sobre los sexos, terminar con los roles, entender que hay muchas más formas de ser mujer y ser hombre y que no cumplir alguna de ellas no implica que se es menos hombre o menos mujer parte de nuestra sociedad.

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