Precariedad, indolencia y asistencialismo




La gestión de la crisis por la pandemia del coronavirus por parte de las autoridades del gobierno los últimos meses ha sido lamentable. A la rapidez de las acciones que a principios de marzo parecieron más relacionadas con el control de la protesta social que a medidas preventivas para combatir la propagación del virus, se sumaron los nefastos llamados a un “retorno seguro” y “nueva normalidad” que dispararon la cifra de contagios y fallecidos.

Durante estos meses, se ha visibilizado ese Chile que algunos creyeron superado al calor del crecimiento económico noventero. Ese Chile miembro de la OCDE que destaca del escenario latinoamericano pero que entraña una realidad desigual y excluyente. Este es el verdadero Chile, de las tomas de terreno, de las poblaciones construidas en la periferia de las ciudades, de aquellos y aquellas que han sobrevivido en empleos informales o precarizados y que no tienen acceso a salud, vivienda o educación con los mínimos estándares de calidad.

Frente a esta realidad, parecen anacrónicos los intentos del gobierno por dirigir esta crisis y sus esfuerzos al parecer están más relacionados con subir en la ridículamente manipulada encuesta CADEM. Más aún, las soluciones a la crisis han sido de tal lentitud que se evidencia una indolencia frente a la realidad de los más excluidos de nuestra sociedad. Lo más sorprendente es que no se han aprendido las lecciones del octubre pasado en los pasillos de La Moneda y el descontento se acentúa al ver autoridades gubernamentales fotografiándose al momento de entregar cajas de alimentos: como turistas en barrios pobres, derrochando proselitismo.

Esta medida refleja la profundidad del asistencialismo como única alternativa para buscar una solución a la pobreza que hoy es más visible que antes y se consolida como una dura realidad. Esa realidad que incomoda y produce sorpresa en el ministro de salud que desconoce la situación de hacinamiento y precariedad en la que vive la ciudadanía. Esa realidad que derrumba cualquier modelo matemático predictivo y que plantea dilemas que las viejas soluciones de la política no pueden resolver.

En ese escenario, los meses de otoño al parecer han sido la antesala de un cuadro mucho peor. El colapso del sistema de salud en la Región Metropolitana y los efectos que esto tiene en la población más pobre son, hasta el momento, dramáticos. Día a día, nos hemos acostumbrado a cifras cada vez más altas de contagios y en la premisa que “ahora sí estamos en el peak” la información que emana de las autoridades se diluye en el descrédito y la desconfianza. Se viene un frío y oscuro invierno.

En este marco, resulta urgente cambiar la relación que existe hoy entre el Estado y las personas. Cambios estructurales y profundos que conecten la gestión de las autoridades con los escenarios de pobreza y precariedad, que actualmente son un rasgo común en nuestra sociedad. Una nueva relación donde los derechos de las personas sean restituidos y garantizados por el Estado y no una oportunidad para realizar asistencialismo sino para proteger a toda la población.

 

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