Sobre la desobediencia




Tras el estallido de octubre hubo cierta incerteza conceptual de inicio que tendió hacia una prudencia forzosa en cuanto a intentar prefigurar cualquier taxonomía funcional explicativa. La desigualdad como condicionante estructural ganó la pulseada por lejos, no obstante, quedaba corta como telón de fondo para descifrar las marejadas de acción colectiva de la que éramos testigo. En medio de esa orfandad ontológica se empezó a escuchar y leer un concepto que si bien no nos era nuevo, parecía estar anclado a viejos textos de historia que nos remitían a grandes gestas de otras  latitudes , un resorte secreto  que de la mano de Gandhi y Martin Luther King cobraba existencia: la desobediencia civil.

Una suerte de conjuro negro que prendió alertas en la fanaticada pro orden que fruncía el ceño cuando oía el concepto como factor explicativo. Por lo mismo, demos un vistazo a ciertas miradas en torno a la obediencia y su transgresión para poder aquilatar el debate.

Con regularidad me intriga el olvido de su insigne precursor: Henry David Thoreau, personaje ya excéntrico para su época y terruño, que visto hoy, mantiene intactos esos atributos caprichosos y me atrevería  a señalar que con un mayor poder de fuego conceptual.

Thoreau construye su obra ensayística más significativa en una trama dialéctica continua. Para Thoreau, utópico e idealista, sin pragmatismo ni sentido de la realidad, se le puede estudiar sin peligro porque en alguna medida está ya controlado, clasificado y neutralizado teniendo en cuenta ciertos antecedentes podemos estructurar directrices claras del autor  respecto su conceptualización sobre la desobediencia civil. En primer lugar tenemos la resistencia civil o moderada expresada al rehusar el pago impuestos; en segundo lugar en la ”Esclavitud en Massachusetts” de 1854, nos encontramos con la arenga o la exhortación a violar una ley específica, concreta y la tercera vertiente remite a una instancia de este proceso que aconseja la Rebeldía abierta no ante una ley específica sino contra el Estado como tal.

En un comienzo, la desobediencia se relacionaba con una incompleta noción de rusticidad salvaje. Desobedecer es sacar a relucir una parte de nosotros animal, estúpida y tosca. Michel Foucault, en su curso del Collège de France de 1975, señala que el pueblo de los «anormales» —la psiquiatría creó esta categoría a lo largo del siglo XIX para poder presentarse como una vasta empresa de higiene política y moral— está formado, en parte, por «incorregibles».

El incorregible seria el individuo incapaz de acatar las normas de la colectividad, de aceptar las reglas sociales, de respetar las leyes públicas

Otro autor que nos entrega notas a considerar, en particular la distinción entre instrucción y disciplina  es la que desarrolla Kant en su Pedagogía. En el marco pedagógico, la instrucción es aprendizaje de la autonomía, adquisición de un juicio crítico, dominio razonado de los conocimientos elementales, y no solo tragar con pasividad informaciones para recitarlas después torpemente. Pero para alcanzar ese estado hace falta un primer momento de docilidad ciega que Kant llama “disciplina”.

La desobediencia civil así expuesta debiese aspirar a ser un imperativo compartido. Otro autor relevante, Frédéric Gros, en su reciente libro “Desobedecer“, en correcto ejercicio, desmonta  un puñado de atendibles razones en cuanto acatar normas, analiza nuestra capacidad de aceptar lo inaceptable y defiende la transgresión como única manera, hoy, de reafirmar nuestra humanidad, en base a lo expuesto, surge un cumulo de interrogantes a debatir:¿Qué formas éticas operan tras la obediencia y la desobediencia? ¿Cuál debiese ser el constructo valorico individual en cuanto transgredir la ley pública?¿Es posible distinguir entre sumisión, subordinación, conformismo, consentimiento y obligación; o entre rebelión, resistencia, transgresión, desobediencia civil y disidencia cívica? Cuando describo al sumiso, ¿no estaré haciendo retratos psicológicos?. Obedecer, desobedecer, es dar forma a la propia libertad.

Por tanto, y ya vistas algunas concepciones sobre la desobediencia civil, cabe consignar que las sospechas razonables respecto que es la puerta de entrada para el caos y la anomia quedan diluidas al momento de comprender que el acto de desobedecer es connatural a la arquitectura normativa que en un momento dado una sociedad consensua. Es aconsejable que los debates futuros carezcan de esa pulsión ideológica que tiende a nublar el buen juicio y asuman la complejidad de abordar la acción colectiva en tanto diversa en método y alcances.

Llego el momento que los actores políticos acostumbrados, que están mermados en  valoración y capacidad de gestión, entiendan que la sociedad civil ha ido adquiriendo dinámica propia desanclándose de la matriz sociopolítica clásica en clave M.A. Garretón. Por tanto, ciclos en donde la hegemonía de los partidos este en entredicho o sinceramente sea poco convocante, abren la posibilidad cierta de estar frente a una recurrencia de estas acciones, lo cual no debiera prender alertas, sino mas bien establecer la noción que asistimos un nuevo repertorio de expresiones colectivas.

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