Tiempos subjetivos y sociales en la vejez




La construcción social de estereotipos ligados al proceso de envejecimiento nos sitúa en dos contextos complejos, el primero asociado a la edad cronológica, como una forma de tener en cuenta el tiempo asumiendo el fenómeno como propio y buscando sentido a la vida y el segundo, vinculado a la vejez como una etapa en compás de espera, en ambos casos las personas mayores son imaginadas en un rol complejo, que es difuso y poco valorado. Los tiempos subjetivos y sociales no se están encontrando, producto de las concepciones y prejuicios relacionados con la vejez y el envejecimiento.

Los estereotipos instalados en la sociedad constituyen la base que limita la acción, integración e inclusión de las personas mayores en nuestra sociedad, pues existe un tiempo subjetivo que planifica estas acciones basándose en la referencia de contexto transmitida por otras generaciones. En este sentido, la sociedad genera escenarios limitados de reconocimiento y participación en un espacio que las personas mayores han comprendido como propio. Es complejo asumir que somos lo que limita, pues nuestro actuar social no refleja impresiones claras sobre el futuro mas allá de los 60 años, mientras la televisión presenta el interés científico por alargar la vida a 140, nosotros nadamos en proyectos personales de corto plazo. La mayoría no ha pensado aun, cuál es su proyecto de vida para la vejez, tal vez el efecto de la negación por prejuicio está calando nuestras vidas, alejando la vejez de nuestras aspiraciones, pocos quieren ser “viejos”, porque además la complicidad del medio no vitaliza la comprensión de esta etapa de la vida. Vivir cien años para nuestra generación no es un desafío inalcanzable, tampoco una motivación, tampoco una preocupación… entonces la capacidad de proyectar la vida en los años se ha entrampado en las visiones de precariedad, dependencia, pobreza, inutilidad, falta de roles, incomprensión, falta de acción y por supuesto, la negación. Definitivamente la búsqueda de sentido a la vida pasa por comprender la vejez como una etapa normal con sus propios desafíos y oportunidades.

¿Cómo construimos nuevos escenarios en contextos de negación?  El sentido básico de las personas es su proyecto de vida, las ideas preconcebidas que se tienen sobre el futuro y los roles que nos corresponden según la edad. Todo esto, basado en la historia previa y situado en el riguroso presente, constituyen la base de la participación de las personas en la sociedad. Sin embargo, en la lógica de la inmediatez puede resultar complejo pensar en el futuro desde el presente, pues los proyectos suelen ser de corto plazo, con resultados ojalá inmediatos, y la efectividad de nuestros proyectos tienen como medida el acceso a productos, ingresos y servicios, dificultando la comprensión de una etapa donde el “deterioro físico y el declive” son inevitables, pero no constituyen por sí mismos un castigo para el individuo que lo vive.

Es aquí cuando resulta consecuente asumir realidades fuera del contexto de repetición social, que no son corriente, ni moda, son simplemente una nueva conformación social diversa, generaciones completas de ciudadanos que comienzan a vivir la etapa de vejez y conviven con otras generaciones.

Esta nueva vejez es larga, con un protagonista mayoritariamente autovalente, pensante, cargado de historias, con capacidades instaladas y convocado a vivir esta nueva etapa con todas herramientas que adquirió a lo largo de la vida. Algunos dicen que el equipaje lo es todo, otros que solo es referencial, que en algún momento se pierde el equipaje y habrá que resolver las necesidades, pues bien, la contribución social sobre la idea de vejez no aporta al desarrollo de estrategias sobre la vida en esta etapa, de ahí se produce la falta de proyección en la realidad, complejidad para legislar y planificar políticas públicas, generando escenarios de desprotección tanto en los sistemas de pensiones, como en sistemas apoyo, mientras el miedo a la dependencia constituye el desafío más complejo de las personas mayores, es decir, la construcción subjetiva de la realidad.

El tiempo subjetivo basado en hechos de la vida otorga sentido e impulso a la vejez,  contribuyendo con elementos propios a su vivencia, muchas veces provocando condicionantes  y oportunidades, en tiempos donde  los cambios sociales son rápidos y las generaciones de personas mayores se sienten desplazadas del diálogo, herramientas y formas convivenciales. Falta tiempo para distinguir los verdaderos hitos de nuestras vidas, se ha vivido tanto; que todo es fundamental, dejando en nebulosa la permanente construcción y las necesidades de nuevas herramientas para enfrentar los desafíos de la vida.

De esta forma, los estereotipos instalados en la sociedad se constituyen en un hecho que afecta gravemente la vida de las personas mayores, y lo concreto es que la forma de ver la vida como elemento subjetivo, tiene un efecto en la realidad cuya frecuencia de encuentro determina espacios de contribución, integración, inclusión o de discriminación. Por otra parte está el exceso de optimismo, que algunos entes ligados al mercado de la vejez instalan con frecuencia en los medios de comunicación, aparecen expresiones vinculadas a salud, montaña, años dorados y plenitud bajo la consigna de productos que generan por sí mismos vitalidad, pero finalmente esa creencia se desmorona ante la rigidez del consumo.

Así las cosas, la vejez constituye una etapa de la vida, con logros y desafíos propios, siendo los prejuicios, las ideas generalizadas y la falta de proyectos de vida, algunos de los elementos que afectan la convivencia con las distintas generaciones y el mercado. Desde la vejez seguimos siendo la suma de quienes nos rodean, y aportar al cambio cultural implica disminuir las percepciones negativas y excesivamente positivas que regulan nuestra temerosa conducta con la vida y desvinculan al individuo con  la vejez y su propio encuentro.

El segundo elemento de análisis es la idea de espera, el tiempo social graficado  significativamente en la expresión “la vejez es la última etapa de la vida”, para quienes no son personas mayores es simplemente una reducción gramatical de lo biológico, una expresión común, validada e instalada. Para quienes viven la etapa, constituye un compás de espera, para el que muy pocos están preparados, pues la vida se construyó desde dimensiones y concepciones alejadas de la muerte, “hay hablar en voz baja frente a la  muerte”.

Este fenómeno tan complejo y contradictorio es el silencio de la etapa, “yo no pienso morir”, “pasamos agosto” “celebremos la vida” “quiero morir luego” “me gustaría morir durmiendo”, expresiones sobre la intención de salvar, superar y contar el tiempo, otra forma de tener en cuenta el final, el curso de la vida.

El tiempo social, que se construye sobre las ideas que existen de la sociedad envejecida, comprende el aumento de la esperanza de vida como un logro en materia de políticas públicas, y se complementa en el caso de Chile con la pensión universal  garantizada en la vejez, dos grandes logros que marcan nuevos desafíos y abren espacio a todo tipo de insinuaciones sobre la vejez. La sociedad en su conjunto no ha comprendido el significado  de los años que hemos ganado y el desafío de quien vive la vejez. Viviremos más, pero no logramos concretar medidas que permitan hacerlo con mayor calidad. En Chile hay más de tres mil personas mayores de cien años y es probable que algunos de nuestros lectores también sea centenario, es por ello que el tiempo social, resulta clave para avanzar en escenarios de mayor protección y apoyo a la vejez, comprendiendo el cambio en la idiosincrasia de nuestro país, el cambio de patrones sociales, el cambio en la composición de las familias y la visualización de la vejez por parte del Estado.

Es probable que la sociedad asuma nuevos desafíos y contribuya al abordaje de temas como la muerte y los nuevos roles en tiempo de espera, pues constituye un imperativo moral aportar al reconocimiento de las capacidades y oportunidades que representan las personas mayores, un imperativo ético de los profesionales y políticos en  la construcción de diseños de políticas públicas con pertinencia, para enfrentar los cambios, logros,  miedos y necesidades de las personas mayores, así como el deber político de introducir modificaciones estructurales a la sociedad del envejecimiento, lo que requiere  urgentemente disminuir vulnerabilidades, asumir desafíos, propiciar logros y garantizar derechos  a este grupo de ciudadanos que exige calidad.

La vejez como imperativo social avanza lentamente en el proceso de disminuir la discriminación por edad, y se enfrenta a su realidad en un contexto de ideas preconcebidas que disminuyes sus oportunidades. Mantener prejuicios puede ser determinante a la hora de tomar decisiones sobre la vejez de otros y nuestra propia vejez.

Rayen Ingles- Socióloga, Gerontóloga Social.

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