Todo es tan extraño




Cuenta la historia, que a mediados de octubre pasado nos unimos bajo las consignas de igualdad y justicia social.  Vítores que envolvimos en un sueño llamado nueva constitución, creada por nosotros, el pueblo consciente, en libertad y democracia absoluta. Hoy, por la coyuntura, se genera la legítima posibilidad de nuevamente unirnos, ahora en piel y sentimientos, en familia y amistad, porque tendremos el tiempo y las circunstancias propicias de acercarnos para solidarizar con el futuro, con el desarrollo de una sociedad sana y libre, que genere sus propios mecanismos de defensa en base a comportamientos espontáneos y conscientes, sin tener la obligación de esperar directrices del mando central refractario.

Habíamos ganado espacio en democracia para ser oídos y así al fin –históricamente– sentar las bases para construir un nuevo pacto social. El proceso estaba en camino, a pie firme, todo funcionando, plazos corriendo y nos dicen que hasta aquí llega todo, que debemos esperar, porque tenemos que enfrentar una catástrofe con todo el aparataje estatal, y lo demás, puede esperar.

Respetuosos nos hicimos a un lado y dejamos pasar al Estado sin hacer zancadillas. Nos había importado un virus en contra de nuestra voluntad, a nuestras espaldas y no en el momento más oportuno.

El ambiente se siente extrañamente frio, agitado y tenso. El virus llegó y nos alejó de los afectos –distanciamiento social le llaman– nos mandaron mantener distancia temerosa, pues es el enemigo es invisible, silencioso y a veces letal. Muchos lo conocimos por televisión, le hicimos seguimiento mientras nos asombrábamos por la velocidad de propagación y, a la vez,  lamentábamos su letalidad en los de mayor edad, triste, pero cierto. Pandemia y ya está.

Este nuevo enemigo no distingue médicos y pacientes, autoridades y anónimos,  realeza y pueblo, atletas y débiles, apruebo o rechazo; aunque en barrios del rechazo se alojó, creció y ganó fama, no le fue suficiente y salió a conquistar los barrios del apruebo.

Es todo tan nuevo, tan inmediato, pero no alejado de la realidad. Se vive como una película de intriga, a ratos de terror, con matices de ciencia ficción. Somos espectadores, pero también parte del elenco. Este guión va dejando personajes en el camino y a otros los separa de la escena para que en algún momento vuelvan a aparecer. El enemigo tiene un rol estelar, se transforma en un monstruo poderoso y de su creador, ni luces, pues sin intención le dio vida, con ingratas consecuencias, y aún no es capaz de crear al héroe que lo detenga, dicen.

Sigue todo igual, miramos cifras e interpretamos gráficos. Exigimos medidas oportunas, sensatas y certeras en cuanto a prevención y mitigación se trata, pero algo hacen que no son capaces de dar lo que realmente merecemos y todos sabemos. ¿Por qué no defendernos con la misma intensidad del ataque?, ¿qué motivos tienen para no darnos lo que a gritos pedimos?, ¿dónde esta el amor por la gente, la vocación de servicio público?. Ya todos lo sabemos, a nuestras autoridades se les presentó una gran disyuntiva, economía y vida humana. Economía suena a coro.

La desazón está en el ambiente, nadie se siente conforme con las medidas adoptadas y a partir de esa sensación fueron los territorios quienes se organizaron y actuaron de forma enérgica, sin precedentes. Lo que esperábamos del gobierno central, fue gestionado e implementado por alcaldes y vecinos –sin poder exigir su cumplimiento-, cuarentenas autogestionadas que acusaron desgobierno, una mala señal para el mando cuestionado, carente de legitimidad y aprobación. Se les habían adelantado eficazmente. Ya era tarde.

La problemática es clara, la realidad es cruda, tenemos una cuarentena progresiva, tardía y mezquina. Es el barrio oriente de la capital quien abre los fuegos, ellos harán escuela, veamos como les resulta. Por ora parte, desde nuestros encierros voluntarios y conscientes, somos capaces de generar críticas a este extraño momento, hoy cuestionamos todo porque aprendimos que el problema no es “casual” si no que “causal”, ¿estamos pensando lo mismo?; si claro, defienden el sistema –mercado y salud negocio– por mandato constitucional, más no la salud pública, siendo el dinero factor determinante para salvarse o no de una pandemia u otra catástrofe sanitaria o natural. Volvemos a cero, Estado de mercado y libertades.

De esta inolvidable y centenaria experiencia debemos salir fortalecidos, porque cuando pasemos esta tormenta todo debe haber cambiado, todo. La solidaridad no será nunca más pasajera, será nuestra credencial y pan de cada día, nuestra nueva estrella. El individualismo parte del pasado que enterraremos junto a la actual Constitución. Nos levantaremos a elegir a nuestras autoridades y representantes en absoluta lucidez, conciencia y convicción, porque a ellos entregaremos el autentico poder de tomar decisiones mirándonos a nosotros, de frente, toda vez que reconoceremos en esa forma la única vía que ellas sean correctas y eficaces, evitando así improvisaciones y populismos.

Es absolutamente contradictorio y grave que en momentos como estos, no se proteja al trabajador, que se le castigue y perjudique en beneficio del empleador. Una vez más desde las tinieblas aparece el brazo armado de abuso, los malos empresarios. No podemos permitir que el modelo amparado en la carta de derechos fundamentales precarice los derechos laborales y pase por sobre nosotros, trabajadores sin privilegios, meros números para el sistema. Si vamos a superar la crisis lo debemos hacer entre todas y todos, a todo nivel a toda clase, transversalmente, todos debemos aportar desde donde nos corresponda, pero no permitiremos que nos hundan los de siempre, los barra brava del neoliberalismo que hoy piden más comunidad, más Estado y rescates financieros.

Tenemos la necesidad de reconocernos, tolerarnos y respetarnos, porque debemos vivir de una vez por todas en comunidad. Las divisiones sociales van a desaparecer y seremos un solo movimiento, una sola fuerza, que de seguro nos entregará todas las herramientas para no jugar al sacrificio de los nuestros en vías de experimentar resultados. El sistema debe ser robusto y estar en función de todas y todos, porque la vida humana siempre –a todo evento– debe estar por sobre cualquier materialidad y grupo de personas, al costo que sea, toda vez que los privilegios deben ser sociales y no sectoriales. Nuestro ideal y motor de lucha, un Estado social de derechos y libertades.

 

 

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