Un bingo para los campeones




El lunes de esta semana apareció en la prensa el gimnasta Tomás González reclamando por la falta de calefacción adecuada para los deportistas de elite que entrenan en el Centro de Alto Rendimiento, habló de la poca de preocupación de las autoridades y se preguntaba si acaso los propios deportistas debían terminar costeando la calefacción. De inmediato pensé en el ministro de Educación Gerardo Varela y su “didáctica” imagen ultraliberal del ¿por qué no hacen un bingo?, utilizada el pasado fin de semana. Ya a media tarde, apareció el Presidente diciendo algo así como que no apoyaba los dichos de Varela, pero prefería quedarse con el fondo.

¿Y cuál es ese fondo?. No es otro que la discusión subyacente sobre el valor de lo público en nuestra sociedad. Mientras miles de familias en Chile no tienen otra opción más que la educación pública, los predicadores de bingos hacen gárgaras con la corresponsabilidad y la “sociedad docente”. El ministro Varela debiera saber que, hasta hace unos años, un profesor recién egresado en Chile ganaba mensualmente lo mismo o menos de lo que gana un operador en un call center. Hasta hace 2 años, existían en chile aún más de 50 escuelas sin alcantarillado, cuya reparación fue una prioridad para la ex ministra Delpiano. En 2018, hay deportistas que nos representan en instancias internacionales, que son nuestro orgullo, y que entrenan con frío cada mañana. Eso es rigor, dirán algunos desde sus confortables posiciones. No señor, eso es indignidad, y desidia de quienes son responsables por asegurar estándares mínimos de dignidad. La nueva educación pública, que le corresponde implementar a Varela, busca resolver desde lo local este tipo de cuestiones, involucrando a la comunidad sin duda, pero sin delegar la responsabilidad del Estado.

La creciente hegemonía de un mal entendido ‘liberalismo’ al interior del gobierno, nos lleva a soluciones como la de concesionar a privados nuestros parques nacionales, o impulsar desde Fonasa un seguro “Plus”, que compita con las Isapres por aquellos cotizantes con más ingresos, en vez de acometer de una vez la tantas veces postergada reforma de la salud pública. Como estos, cada día hay muchos ejemplos de cómo se puede simplificar la realidad hasta el punto de hacerla parecer un hecho dado, que para cambiar solo requiere del esfuerzo individual, donde lo colectivo no tiene cabida. Una apuesta política por un ámbito público “privatizado”, permite debilitar estructuras solidarias, dificulta la construcción de movimientos y genera cuestionamientos internos en la oposición, que cae en el juego de manera constante.

El deber del Estado en la construcción de lo que llamamos lo público no se remite a un conjunto de acciones “asistenciales”, sino al sentido colectivo de atender a aquellos que no están en condiciones de “hacerse a sí mismos”, de competir. Es un imperativo ético promover una sociedad de derechos, que garantice mínimos sociales a todos y todas. Una sociedad, un gobierno, que no entiende cuál es su rol en la construcción de lo público, y nos intenta convencer de que la mejor solución es rascarnos con nuestras propias uñas, nunca estará a la altura de lo que nuestros campeones (niños, deportistas, artistas, adultos mayores) demandan de nosotros: seriedad, convicción y empeño para construir entre todos algo mejor, y no quedar entregados al azar, como en un bingo.

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