Una nueva conversación, un nuevo pacto




Una de las desigualdades más estructurales y profundas es la que existe en la relación de poder entre hombres y mujeres, es estructural, porque la vemos en todos los campos de acción social como lo son el trabajo, la economía, la vivienda, la salud, como espacios en que la mujer no sólo ocupa posiciones de desmedro, en tanto gana menos sueldo que un hombre en igualdad de condiciones, o tiene menos acceso a crédito o simplemente ocupa mayoritariamente las labores menos remuneradas en la sociedad, o es quien debe pagar más en salud solo por el hecho de ser mujer y quien tiene la carga reproductiva en su cuerpo.

Toda esta condición estructural emerge de la cultura en la que vivimos, la que hasta hace muy poco nos era transparente en Chile, es decir naturalizamos por completo esta condición de desmedro, subordinación y o desventaja frente a los hombres al interior de la sociedad.

Las mujeres lo vivimos desde pequeñas, cuando en la educación la libertad sobre nuestros cuerpos es mermada a través de las instrucciones de que “ser señorita”, donde el valor positivo esperable, es mantenerse quieta, con las piernas cerradas y por cierto con la movilidad truncada. No es esperable que subamos cerros, árboles, o nos empujemos con los otros niños, como si les está permitido a los hombres.

Más adelante se coarta nuestra sexualidad cuando apenas empezamos a descubrirla, porque no es de señoritas, besar o relacionarse intensamente con otros, porque eso es de putas, entre menos exploremos mejor.

Y lo que sigue es más o menos conocido, pero afortunadamente va en retirada, mujeres que deben mantener matrimonios por la manutención del hombre es algo que se ve cada vez menos, y cada vez vemos más jóvenes y adolescentes que viven su sexualidad de forma más libre, o familias y padres que defienden y protegen el crecimiento de sus hijos transexuales, pero el avance de las mujeres y de las minorías sexuales también está segmentado socioeconómicamente, es un privilegio de las mujeres con ocupaciones profesionales o de capas medias, con acceso a educación superior o con capacidad económica para solventar la independencia.

En los grupos más vulnerables socioeconómicamente hablando, el acceso a las transformaciones culturales y especialmente al avance de las mujeres es aún escaso,  donde la libertad sobre sus cuerpos o la legitimidad de la violencia es aún una tarea pendiente, especialmente en los colegios públicos donde no tenemos ni siquiera un plan nacional de educación sexual, salud menstrual y una educación no sexista está lejos de experimentarse, y aunque existen algunas iniciativas particulares, como país aún no enfrentamos esta tarea.

Necesitamos mirar más allá de los espacios de elites universitaria, que han sido punta de lanza para iniciar una nueva conversación como lo fue marzo de 2018, donde las jóvenes universitarias empujadas por el hastío del el acoso y abuso sobre las mujeres en los campus universitarios desataron un movimiento inédito en los últimos 30 años.

Es importante que las mujeres que están en espacios de liderazgo, político, social, cultural, y económico, continúen con el movimiento de sacar de la transparencia los abusos, la desigualdad y la violencia que viven las mujeres en sus hogares, en el trabajo, en la escuela, en la publicidad y en la cultura en general.  La llamada cuarta ola feminista en Chile llegó para quedarse en miras a darle seriedad y voluntad a la corrección de esta desigualdad estructural, pero necesitamos avanzar en otros campos de la vida, no solo en el de estudiantes, es necesario atravesar todas las capas sociales y todos los campos de acción porque aspiramos como la mitad de la humanidad que somos, a ser consideradas ni más ni menos que seres humanos con los mismos derechos y trato que nuestros pares hombres, el nuevo pacto social parte por los géneros.

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