Vamos a decir que NO




En octubre de 1988 tenía 11 años. Ese día no hubo colegio. Pero todos nos levantamos temprano igual, para mirar por televisión, escuchar por radio, lo que ese día iba a pasar. El 5 de octubre millones de chilenos acudían a votar, muchos de ellos con la esperanza de que ese acto ciudadano fuese el comienzo del fin de la dictadura. Varios años antes, se habían iniciado las protestas, y el movimiento político y ciudadano de miles de organizaciones había despertado una fuerte y brutal represión por parte de los aparatos del régimen.

La espera de los resultados, la euforia contenida y la austeridad de la celebración fueron imágenes imborrables de un día que se hizo eterno, muy largo, pero que finalizó con el triunfo del NO, el inicio de la transición y de nuestra nueva democracia recuperada. Miles de hombres y mujeres habían muerto en manos de la dictadura, y el triunfo en el plebiscito representó una voz del pueblo contra la muerte, la desaparición y la traición.

Una amplia mayoría de chilenos ese día dijo NO a la continuidad de Pinochet y su dictadura cívico militar, y abrió las puertas al cambio. Los partidos políticos unidos sobre sus diferencias legítimas se plegaron disciplinadamente al acuerdo para recuperar la democracia. Ese ejemplo de coordinación política y de simbiosis entre los partidos y la gente por buscar un nuevo camino de democracia, debe ser la principal lección del proceso del plebiscito del ’88. Sin estridencias, sin personalismos patéticos, con responsabilidad y claridad de objetivos, la oposición a Pinochet dibujó un camino, construyó un relato y lo compartió por todos los rincones de Chile: Vamos a decir que NO.

Hoy en día, con la distancia de los años y mucha agua corrida bajo el puente, y considerando nuestra composición política y los desafíos que ella presenta, es interesante pensar en algunos espacios donde la experiencia del plebiscito nos puede orientar.

Desde la política es innegable que es imperativo reconstruir la unidad de las fuerzas de oposición, ya no solo para coordinar vocería u organizar eventos, sino para discutir y reflexionar respecto de qué es lo que podemos ofrecerle al Chile de hoy para construir un mejor futuro, más digno, más justo. En tiempos en que hasta la institución presidencial parece degradada, el proyecto tecnocrático de la derecha no podrá ser contrastado hasta no redefinir los alcances de nuestra propuesta, los objetivos de nuestra marcha. La única forma de hacer esto es volver al inicio, reencontrarse con la gente, con sus dolores, sus causas, sus luchas cotidianas. Ningún encuentro de la elite, ningún centro de estudios reemplazará al diálogo cara a cara con quienes sufren hoy los rigores del mercado, de la contaminación ambiental, de la depredación de los recursos, de la violencia de género, de las pensiones indignas. Por lo tanto, los esfuerzos de hacer política situados en el territorio, más allá del slogan y la foto para Instagram, son señales positivas por cuanto permiten entender que se puede volver a dar densidad al movimiento social, a la demanda ciudadana, a la construcción política de un discurso que nos contenga y nos haga sentido.

Por otra parte, es imperativo pensar que, en el Chile de hoy, más complejo y diverso, se requieren también propuestas complejas y diversas para abordar los cientos de desafíos que día a día enfrentan los chilenos. Para eso necesitamos no solo unidad, sino también colaboración, puertas abiertas a todas las voces, nuevos espacios para temas emergentes como la ciencia y la innovación, donde en conjunto con los ciudadanos se pueda construir un relato convocante y plural, que le diga que NO al personalismo, a la discriminación y al egoísmo.

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