… Y la culpa no era mía, ni donde estaba, ni como vestía




Estos más de cuarenta días han sido unos días muy agitados en donde todos hemos pasado por diversas emociones: exaltación y esperanza porque está muriendo una forma de ver la vida que ya no va más, y eso nos llena expectación por la posibilidad de crear un nuevo país, sin las desigualdades que hoy conocemos y por las que nos manifestamos; de miedo y desesperanza porque quienes nos dirigen no alcanzan a dimensionar la magnitud de lo que pasa y sus respuestas son insuficientes y la violencia a ratos se toma el escenario, alargando la incertidumbre de estos tiempos.

Hace 40 días atrás mi vida tenía otra planificación, ya no recuerdo muy bien como sería este fin de año, lo que es seguro, es que no era tan caminado, ni con bajas en mis implementos de cocina como es el caso de ollas y cucharas de palo; tampoco tenía programado que las horas de mi día se redujeran de manera tan dramática, volver a una vida de mayores espacios de reunión familiar, inesperadamente se transformó en una oportunidad de reencuentro.

Por otro lado, estos días han develado muchas cosas que no quisimos ver, muchos líderes hablan sorprendidos por la violencia en las calles, a mí lo que más me sorprende es que siempre se centran en la destrucción de las cosas materiales pero no dicen nada de la violencia de un sistema que no tiene piedad en ponerle el pie encima a quien con esfuerzo osa en buscar a través de la educación universitaria avanzar en movilidad social, porque las condiciones financieras que le ofreció el CAE transformó la ilusión en una carga muchas veces insostenible; o para quienes ahorraron toda una vida para recibir una pensión que solo invita a sufrir la vejez en vez de disfrutarla.

No estoy por justificar ni por no condenar la violencia, solo condenémosla de manera completa, lo que se ve y también lo que no se ve, y hagámonos cargo de ella de manera íntegra, nuestro modelo nos permitió muchas cosas positivas como país, pero desechó, aisló y trató con mucha violencia a quien, quienes no fueran parte de él, y hoy lo vemos en saqueos y desmanes.

El listado de injusticias y desigualdades es largo y no hay columna que aguante una enumeración de éstas sin caer en depresión. Por otra parte, la solidaridad y la nueva consciencia en la calle refresca un montón, la buena onda y creatividad que los distintos carteles expresan los sentires de los que nos manifestamos, que van desde mensajes alienígenas hasta demandas muy complejas como que reviva Juan Gabriel; botellas plásticas con agua pasan de boca en boca, todos sabemos que esto tomará su tiempo y compartir es una buena forma de sobrellevarlo, he comido en más de alguna oportunidad una sustancia verde medio gelatinosa que un joven oriental regala con entusiasmo sin hablar mucho español pero que sabe está viviendo un momento relevante en la historia y quiere ser parte de él, aunque sea a través de esta indescriptible sustancia.

Todes han puesto de sí; las barras de clubes deportivos que hasta unos días atrás cada vez que se topaban en las calles la transformaban en un campo de batalla, hoy los vemos unidos pidiendo por un nuevo Chile; los estudiantes que con su perseverancia iniciaron este estallido, reaccionando por el aumento del pasaje del metro; los ciclistas que no dudaron en llegar a la casa del presidente para manifestarse; y también llegó el tiempo de la política, la clase política hizo lo suyo, fuimos testigos de un acuerdo político, que de momentos tuvo algo de reality pero que finalmente se concretó en la madrugada del viernes 15 de noviembre, ese acuerdo fue presentado como el inicio del fin del estallido social que estamos viviendo, el problema es que al acuerdo le faltaron a lo menos 3 elementos fundamentales: no incorporó al mundo social (justo el que está en la calle manifestándose), al pueblo mapuche (no contempló la consulta indígena en el proceso constituyente) y por cierto, no consideró garantizar la participación igualitaria de quienes somos un poco más de la mitad de la población del país: las mujeres. Se acordó convocar a una nueva constitución manteniendo los mismos sesgos machistas de la actual constitución y de discriminación de los pueblos indígena.

Empecé a hacer el ejercicio de argumentar porque era imprescindible garantizar la igualdad real entre mujeres y hombres en el proceso constitucional, más allá de un tema de cantidad -somos más mujeres que hombres-, hasta que me topé con la tremenda performance de un grupo de estudiantes de Valparaíso que de manera clara explican la violencia del Estado y por ende, de nuestra constitución, aquí se las comparto:

 

“Se nos juzga por nacer,

y nuestro castigo: es la violencia que no ves,

el patriarcado es un juez, que nos juzga por nacer,

y nuestro castigo es la violencia que ya ves,

el femicidio, impunidad para mi asesino,

es la desaparición, es la violación,

y la culpa no era mía, ni donde estaba, ni como vestía,

y la culpa no era mía, ni donde estaba, ni como vestía,

y la culpa no era mía, ni donde estaba, ni como vestía,

el violador eras tu,

el violador eres tu,

son los pacos, los jueces, el estado, el presidente.

El estado opresor es un macho violador,

el estado opresor es un macho violador,

el violador eras tu,

el violador eres tu.

Duerme tranquila niña inocente sin preocuparte del bandolero,

que por tu sueño dulce inocente vela tu amante carabinero,

el violador eras tu,

el violador eres tu.”

 

 

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